El costo de protegernos de nosotros mismos

Publicado en Revista Hacer Empresa


De quién es la culpa, ¿del sistema o de los hombres? Hay quien apuesta todo a la burocracia pensando que es un sistema que protege al hombre del propio hombre. Y así se mata la innovación, la creatividad y hasta se logra apagar la rebeldía para cambiar lo que tiene que ser cambiado

¿De quién es la culpa? La administración pública, las empresas estatales, ¿funcionan mal por culpa de los hombres que trabajan en ellas, o son ellas las que impiden que sus funcionarios brinden un servicio útil a la sociedad? ¿Es culpa del sistema? ¿Hay sistemas buenos o todos son suficientemente malos?

Estas preguntas llevan .sin duda- a respuestas acordes a la ideología de quien contesta; e incluso, en algunos casos, dependerá de qué concepción se tenga sobre la naturaleza del hombre. Al final, siempre se llega a lo mismo: ¿están la burocracia o el Estado pensados para proteger al hombre del propio hombre?

Si la respuesta es afirmativa, ¿podemos dormir tranquilos en manos de un sistema que vela por nosotros? Algunos, quizás muchos, contestarían que sí, siempre y cuando ese sistema sea suficientemente perfecto. En tal caso, alcanzaría con preguntarse si esa estructura es posible. Otros -quizás los menos dirían que nunca alcanzará con un sistema que piense por el hombre. La creatividad, la capacidad de improvisar, de adaptarse al cambio permanente, no es asimilable por un sistema por más potente que sea.

Estas disquisiciones, que pueden parecer excesivas y poco relevantes, son la piedra angular sobre la cual construir-reconstruir cualquier sociedad. Afiliarse a uno u otro extremo define en gran medida el modo de vida al que se podrá aspirar. Es posible que la mayoría de los que tomen las decisiones ni se imaginen que cada vez que decidan están tomando partido por una de estas dos tendencias. La pregunta termina siendo: ¿podemos prescindir del hombre?, ¿podemos construir un mundo para él, eliminando el espacio para el ejercicio de su libertad?

En junio de 1940 Francia estaba siendo arrasada por los avances de los carros de combate del ejército alemán. En ese ambiente de derrota, Antonie de Saint Exupery hacía su parte en la guerra. Cómo piloto de un triplaza de reconocimiento, sobrevolaba el avance del enemigo realizando tareas de observación. Su escuadrilla había perdido 17 de las 23 tripulaciones pero los sobrevivientes continuaban despegando. No existía duda acerca de la derrota inminente, pero permanecían cumpliendo órdenes. En ese entorno de muerte y heroísmo resignado, Saint-Exupery escribe una de sus novelas más famosas, Pilote de guerra, y allí encontramos las reflexiones de un hombre golpeado por ver cómo se cae a su alrededor todo lo que en un momento pareció inamovible.

En un pasaje de la obra describe los enormes problemas que tiene con los comandos de su avión. Han pasado nueve meses de guerra y no se han logrado adaptar los comandos y las ametralladoras al clima de elevada altitud. A partir de cierta altura los equipos se congelan y dejan de funcionar, pero nadie hace nada. Durante uno de esos vuelos Saint-Exupery reflexiona acerca de esta ineficiencia, que según sus palabras, «pesa sobre nosotros, todos, como una fatalidad».

En un párrafo de la obra citada, se encuentra el siguiente pasaje: «Vivimos en el vientre ciego de una administración. Una administración es una máquina. Cuanto más perfeccionada está una administración, más elimina la arbitrariedad humana. En una administración perfecta en que el hombre hace un papel de engranaje, la pereza, la deshonestidad, la injusticia, no tienen razón de ser. Pero, así como la máquina está hecha para administrar una serie de movimientos previstos una vez por todas, así la administración tampoco crea. Regentea. Aplica tal sanción a tal falta, tal solución a tal problema. Una administración no está concebida para resolver problemas nuevos. Si en una máquina de embutir se introducen trozos de madera, no saldrán muebles hechos. Sería pues preciso, para que la máquina se adaptara, que un hombre tuviera el derecho de transformarla. Pero en una administración, concebida para remediar los inconvenientes del arbitraje humano, los engranajes rechazan la intervención del hombre».

El pesimismo de Saint-Exupery parece evidente. No es extraño: su expectativa de vida es mínima y la sensación de que su muerte no tendrá ningún valor no lo ayuda a ver la vida de forma positiva. Pero su aparente pesimismo adquiere un giro significativo cuando se leen los párrafos que siguen.

«Recuerdo una fórmula vieja como mi país: ¨En Francia, cuando todo parece perdido, un milagro salva a Francia¨. He comprendido por qué. Ha ocurrido a veces que, habiendo descompuesto un desastre la hermosa máquina administrativa, y demostrado ésta que era irreparable, se la ha sustituido, a falta de otra mejor, por unos sencillos hombres. Y los hombres lo han salvado todo. Cuando una bomba haya reducido a cenizas el Ministerio del Aire, se convocar á con urgencia, no importa a qué cabo, y se le dirá: Usted queda encargado de descongelar los comandos. Tiene usted todos los derechos. Arréglese. Tal vez entonces los comandos se descongelarán».

Cuando se quiere armar una administración a prueba de todo, sólo se obtiene una que evita la creatividad, la innovación, la rebeldía para cambiar lo que ha de ser cambiado. La historia muestra que se suele obtener un sistema que junto a algunos resultados benéficos genera innumerables impactos negativos. Pero aunque algunos sigan insistiendo en crear una administración que nos proteja de todo, siempre habrá necesidad de llamar a un «cabo que descongele los comandos». El día que ya no haga falta, el día que el sistema funcione sin necesidad de nosotros, los hombres, ese día ya no estaremos en este mundo.

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