Nadie masca vidrio

Publicado en Revista Hacer Empresa


Cuando un comportamiento se vuelve generalizado necesariamente hay un conjunto de razones que lo explican; si se busca un cambio se deben comprender los incentivos subyacentes.


Y entonces –dije–, ¿de qué sirve aprender a hacerlo bien, si hacerlo bien es pesado y no hay problema por hacerlo mal y, además, la paga es la misma?

Huckleberry Finn[i]


Como a tantos montevideanos, a un amigo muy cercano le pintarrajearon la puerta del garaje. Esto no solo le sucedió a él sino que la misma suerte corrieron los portones de sus vecinos. Resignado pero no vencido decidió pintar su portón a la vez que lo recubría de una capa anti grafiti. No habían pasado un par de semanas cuando un domingo temprano descubrió que su impoluta puerta había sido pintada con los típicos grafitis que se ven por todos los alrededores. Mascando su bronca y botella de solvente en mano procedió a limpiar cada uno de los manchones. Mientras esto sucedía algunos vecinos que habían sufrido la misma suerte se acercaban ya sea para animarlo o simplemente para decirle que no valía la pena el esfuerzo, pues seguramente se lo volverían a enchastrar.

Un buen rato después, luego de que la puerta volviera a su color original, se dirigió a la seccional correspondiente para hacer la denuncia. Fue atendido muy correctamente aunque con algo de sorpresa por el tipo de queja que presentaba. Explicó al agente que lo atendió que los grafitis contenían una firma y que era la misma que estaba por todo el barrio. Una semana después, vuelta a empezar. Domingo de mañana, puerta pintarrajeada nuevamente. Se repite el ritual. Botella de solvente y trapo en mano, vecinos que comentan en señal de apoyo o alguno que arriesga un gesto cínico, visita a la seccional, nueva denuncia, las mismas preguntas, respuestas similares, “sucede los sábados de noche”, “son el mismo tipo de dibujo que está por todos lados”, etc. 

Durante toda la semana siguiente la puerta de mi amigo lucía como un oasis en medio del desierto. A derecha e izquierda puertas y paredes manchadas resaltaban el fruto de su esfuerzo. Pero llegó nuevamente el sábado de noche y con ello la visita de los enchastradores. Mascando bronca nuevamente realizó la limpieza y al terminar fue directo a la comisaría. En ninguna de las tres visitas a los custodios del orden perdió la calma pero esta última vez se permitió sugerir que siendo la tercera denuncia de un modus operandi muy repetido y previsible quizás pudieran hacer algo. Como despedida comentó que no le estaba quedando otro camino que enviar a los periódicos una carta narrando su desgracia. Por la razón que haya sido, ya van casi dos meses que el portón de mi amigo no sufre ni un mínimo rayón mientras que los de los vecinos continúan acumulando todo tipo de enchastre.

¿Miedo, cansancio, respeto…?

Mi amigo no tiene claro qué fue lo que sucedió, pero se siente bastante satisfecho. Solo atina a imaginar un par de explicaciones. La primera, el comisario se aburrió de un ciudadano tan pesado a la vez que no le cayó en gracia la posibilidad de una carta en la prensa narrando su inoperancia. Por lo tanto decidió proceder de alguna forma que hizo que los grafiteros dejaran de ensuciar esa puerta pero no las demás. La otra, los grafiteros se cansaron de que les borraran sus obras de arte y decidieron dejar en paz a mi amigo. Sea lo que sea, su batalla que al menos hasta ahora lo muestra victorioso, es una constatación más de que no hay que entregarse.

¿Qué hubiera pasado si desde el  primer incidente todos los vecinos tanto de su edificio como de los otros tres hubieran ido a la comisaria a hacer la denuncia? Simplemente eso, hacer la denuncia y nada más. El señor comisario hubiera recibido cada domingo de mañana a más de treinta vecinos repitiendo la misma queja, quizás mi amigo no hubiera tenido que esperar al tercer domingo para librarse de los vándalos. Quizás el comisario se hubiera sentido compelido a actuar inmediatamente. O qué hubiera pasado si todos los vecinos se hubieran dedicado a limpiar una y otra vez cada uno de sus portones. Quizás los hubieran dejado en paz. Nunca se sabrá, pero sí se puede intuir.

Un poco de teoría

Esta anécdota no prueba nada. Sin embargo sirve para recordar que los comportamientos de las personas siempre responden a una cierta lógica. Eventualmente compleja de desentrañar pero no por ello menos racional. Cuando en un cierto colectivo se generaliza un comportamiento concreto esto sucede debido a que a esas personas les conviene comportarse así. Si ensuciar paredes ajenas es algo que no tiene costo pues no es ni perseguido ni penado, ¿por qué no hacerlo? Uno podría preguntarse cuál es la satisfacción en ello, la respuesta puede llegar a estar en algún tipo de comportamiento grupal que promueve este tipo de hazañas o algo similar. Por otra parte, si los que lo hacen ven que no pasa nada, que nadie se queja, que ni siquiera intentan limpiar lo que ellos ensucian, hasta pueden llegar a razonar que no están haciendo mal a nadie. Parece increíble, pero así termina siendo.

Nuestra sociedad está llena de este tipo de comportamientos racionales. Veamos apenas un ejemplo muy reciente. Hay personas que se pregunta por qué los docentes hacen paros y huelgas con tanta ligereza. Lo que no ven es que a los mismos que hacen paros los compensan con un fondo formado con los mismísimos haberes que no ganaron. Entonces, si parar no tiene costo, ¿por qué oponerse a sumarse a una medida de lucha? Siempre es igual. Cuando un comportamiento se vuelve generalizado necesariamente hay un conjunto de razones que lo explican. Lo que es malo para una sociedad no es que haya personas con comportamientos irracionales, más allá de que sean dañinos para el resto de los ciudadanos. Estos son por su propia definición excepcionales, y como tales imposibles de evitar. Por el contrario, lo peor está en la existencia de reglas de convivencia formales que promueven comportamientos racionales que no son deseados por nadie más, sin embargo, a través de premios y castigos implícitos dan toda la impresión de que en realidad son lo que se desean tener.

En otras palabras, las personas hacen siempre lo que les conviene, o al menos lo que suponen que les conviene. Si se desea modificar esos comportamientos hay que comprender los incentivos subyacentes, y actuar sobre ellos. Como en el caso de mi amigo, que al menos por ahora lo va logrando, y para los tiempos que corren, esto ya es bastante.


[i] Mark Twain, Las Aventuras de Huckleberry Finn, 1884.

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