Hacer más y mejor

Publicado en Revista Hacer Empresa


Trabajar de empresario es algo que a veces sucede por decisión, aunque, en otras ocasiones, es debido a que la vida nos llevó a ello. En entornos influidos por la cultura mediterránea no suele considerarse la del empresario una vocación, algo que se percibe como una “llamada a” —lo que encierra una cierta nobleza en la opción—, sino más bien como algo que alguien debe hacer y que es llevado a cabo por aquellos que no tienen ninguna vocación. Más bien sería como que aquellos que no tienen una vocación real, como, por ejemplo, curar: médicos, enseñar: maestros, luchar por la justicia: abogados, terminan haciendo algo, la empresa, que más bien es una opción puramente materialista y con un único fin, el ganar dinero para uno y, en todo caso, los suyos más cercanos.

Triste visión la anterior, que explica en gran medida el estado de nuestra sociedad latinoamericana. O borbónica, podríamos decir, por su marcada preferencia por buscar favores y rentas a través del favor estatal o gubernamental. Es que, por más que a principios del siglo XVIII echamos a los realistas, el espíritu de aquellos quedó en la base de nuestras instituciones.

En esta columna, y en la revista en general, la visión acerca de lo que es un empresario, de lo que lo mueve a trabajar y de lo que explica su vida, está bastante lejos de los párrafos críticos anteriores. Hacer empresa conlleva en muchos casos una vocación, al menos en aquellos en que esta opción es eso y no una simple necesidad. Hay personas, y muchas me atrevería a decir, que naturalmente se sienten impelidos a hacer cosas en el mundo de los negocios. Sienten, entienden, que es lo de ellos. Desean ganarse la vida, y ahorrar un capital también, pero no necesariamente argumento en estas líneas que este sea el motor principal de su accionar.

Ganar dinero es condición imprescindible y necesaria por motivos evidentes que no justifican explicación. Pero hay más. Lo fundamentaré con un ejemplo muy terrestre. Incluso demasiado para aquellos que tienen dificultades para comprender la naturaleza del empresario de raza.

Unos años atrás un amigo me narró una conversación que había tenido con su madre, una señora longeva que rondaba los 85 años. Esta buena mujer se había dedicado toda su vida, junto con su marido ya fallecido, al mundo del comercio. Con un éxito razonable había logrado hacer una posición típica de clase media acomodada. En el momento de la anécdota solo mantenía en su propiedad un par de comercios de venta al público. Siempre había sido una empresaria prudente y, por lo tanto, tenía algunos ahorros que sumados a los ingresos de sus comercios le aseguraban una buena vida, por otra parte, bastante austera. Resulta que un día consideró que convendría mudar uno de sus comercios a 30 metros de su posición actual. El motivo radicaba en que en la esquina se había liberado un local y ella argumentaba que una esquina de ese tipo sería mucho mejor en ventas que el local tradicional de su propiedad, que ocupaba a mitad de cuadra desde hacía 40 años. Una de sus hijas, que se encargaba de regentear el negocio, aceptó la sugerencia (orden) y llegó a un acuerdo con el propietario de la esquina para alquilar a un valor razonable. Hasta aquí todo normal. Lo no tanto proviene de que no lograban cerrar el contrato de alquiler debido a que la señora insistía en un plazo de 15 años y el propietario se había plantado en 10. Llegó un momento que su hija, aburrida por el estancamiento, le pidió a su hermano, mi amigo, que convenciera a la madre de que firmara en 10 años. Mi amigo utilizó todo tipo de argumentos sin ningún éxito hasta que decidió pasar a otro estadio con razones más duras. Con voz firme le dijo: “Mamá, no quiero ser grosero, pero vos tenés 85 años, cuando venza el contrato vas a tener 95, la verdad que por ley de vida parece bastante sensato pensar que ya no vas a estar con nosotros en este mundo, por lo tanto…”, su madre lo interrumpió: “Claro que quizás esté muerta, o no, vaya uno a saber, pero me da lo mismo si voy a estar acá o allá. Yo peleo el contrato a lo que me parece que es mejor, no por el dinero. Sabés muy bien que con lo que tengo y lo poco que gasto, no me hace diferencia. Yo hago mi trabajo, el que hice siempre, desde que empecé con tu padre. Es lo que me toca. Y lo voy a hacer hasta que me muera”.

El mensaje está clarísimo. El dinero importa, pero no puede ser nunca el motor para el verdadero empresario. Si lo fuera, debería uno relacionarlo con la capacidad de gastarla y disfrutarla. Para muchos empresarios a partir de cierta edad lo que tienen para ganar ya no les influye en su capacidad de goce. Cierto que hay casos de enfermos de avaricia, pero se trata de una enfermedad, y por ahí la dejamos. Otros, como vimos en nuestros países vecinos vinculados a la corrupción, entran en lo que es el delito, en muchas ocasiones impulsados por un ansia de poder y de sentirse por encima de los demás. Sacando estos casos, que no son pocos, ciertamente, el verdadero empresario trabaja, intenta crecer, hacer más, ganar más, desarrollarse, internacionalizarse, en gran medida obligado, impelido, por lo que es su condición, hacer empresa, más y mejor.

Como cierre para evitar confusiones, esta vocación, noble vocación, no tiene por qué venir exenta de vicios y faltas. Como tampoco el médico que se dedica a curar a otros está exento de caer en conductas y actitudes censurables. O el maestro, el policía, el ingeniero o hasta incluso el artista. Todos son trabajos humanos llevados adelante por personas, y como tales son capaces de las acciones más nobles a la vez que potenciales culpables de comportarse de formas nada edificantes.

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