Tiempos de proyectar el año o al menos estimar un panorama. Muy difícil escribir sobre esto. No solo por la complejidad de embocar en un año que, como bien se ha dicho, forma parte más de un cambio de época que de una época de cambio. También porque si uno se remite a las perspectivas vernáculas, muy probable que quien lea estas líneas se muera de sueño.
Más allá de los errores y horrores en las acciones y declaraciones en política exterior, poco hay para decir. Del dólar, lo de siempre: atrasado, gobiernen tirios o troyanos. Del crecimiento ídem. De las reformas tan esperadas, nada en el horizonte. Así que, puesto a cumplir con mi deber editorial, me voy a decantar por compartir un trozo de historia, siguiendo el estilo ligero pero certero propio de ese gran maestro que fue Indro Montanelli[1].
En una de las siete colinas
Para el común de la gente lo poco que se conoce de la historia de Roma suele basarse en la alguna película, principalmente Gladiador o quizás en las antiguas superproducciones al estilo de Ben-Hur o César & Cleopatra. En general, el lector medio tiende a mezclar la república y el imperio, lo que dificulta entender que Cayo Julio César fue el hombre bisagra entre el régimen consular electivo de la república y el posterior advenimiento de la época imperial.
Quien esté un poco más leído en el tema quizás leyó a Posteguillo con sus sagas más que interesantes sobre Escipión, Trajano, Julia y ahora sobre César. En ellas mucho se dice sobre el advenimiento de los “hombres fuertes” que eliminaron el sistema republicano y quizás parezca que voy a concentrarme en narrar cómo la decadencia de los gobernantes romanos terminó entregando el poder a imperatores, Caesares o Augusti. En fin, hombres fuertes que acomodaron el gran lío de las guerras civiles ordenado la casa, cargándose en el camino el sistema electivo para hacer nacer el imperio.
El paso obvio sería anticipar que pretendo argumentar que los Estados Unidos de Norteamérica están camino de pasar de una república “del y para el pueblo” a un imperio personal, donde Donald I sería el nuevo César. Lamento desilusionar, pero mi línea argumental será totalmente diferente. Me voy a ir quinientos años antes, cuando la ciudad de latinos y sabinos era poco más que una aldea en expansión, donde unos reyes de perfil bajo gestionaban una sociedad uniforme, sin clases, donde todos eran propietarios, trabajaban sus parcelas, se repartían de alguna forma las tareas comunes, elegían sus mandatarios y, llegado el caso, combatían hombro con hombro en las guerras que tocaban.
Rurales y tacaños
Bajo Rómulo, Numa, Tulio Hostilio y Anco Marcio la cosa funcionó más o menos bien. Araban la tierra, se expandían a las tierras aledañas, a la vez que no destacaban por artes, higiene, filosofía ni grandes estrategias militares. Circa el año seiscientos antes de Cristo, coincidiendo con la muerte de su cuarto monarca, andaba en la vuelta un extranjero de nombre Lucio Tarquino. Por lo que se sabe era bastante diferente al perfil de los reyes que los romanos habían elegido hasta aquel momento. Esto se debía seguramente a que era extranjero. Era un etrusco de padre griego emigrado de Corinto. Gracias a su origen cosmopolita y a la calidad de mercader proveniente de su familia, destacó como millonario y despilfarrador entre un pueblo de tacaños, a la vez que como elegante entre toscos. No solo esto, sino que también era entendido en filosofía y matemáticas, algo poco común entre campesinos poco ilustrados. Pero más importante aún, haciendo seguramente honor a su sangre griega, sabía manejarse en el mundo de la política. Según Montanelli, el historiador Tito Livio se refiere a él de la siguiente forma: “Lucio Tarquino fue el primero que intrigó para hacerse elegir rey y pronunció un discurso para asegurarse el apoyo de la plebe”.
En el lugar y momento preciso
A la muerte de Anco Marcio las cosas en Roma ya eran un poco diferentes. Las victorias militares contra sus vecinos habían servido de polo de atracción para etruscos del norte que, a diferencia de los romanos, eran industriales y artesanos. De a poco, la ciudad fue mostrando tiendas que suministraban todo tipo de utensilios, lo que atrajo a mercaderes y también a campesinos que se acercaban para favorecerse del buen pago a la mano de obra en una ciudad que crecía. También iban llegando esclavos, producto de los botines de guerra.
Toda esa masa de personas sin derechos políticos fue creando lo que hasta ese momento no existía en Roma: la plebe. El hecho de que cada vez hubiera más gente viviendo en la ciudad sin derechos políticos y, por lo tanto, en desventaja económica y de acceso, parece sensato que creara el caldo de cultivo para la aparición de un candidato a rey diferente, y que muy probablemente les prometió aquello que carecían. Además, los mercaderes etruscos, ricos, pero sin derechos electorales, muy posiblemente hayan sido unos buenos financiadores de su campaña política. Tal como menciona Tito Livio, seguramente fue por confiar en que si alcanzaba el poder continuaría con la política de expansión internacional que tanto hacía por sus fortunas.
El comienzo del fin o el fin del comienzo
Lucio Tarquino fue elegido quinto rey de Roma, el primer rey de la plebe, de los mercaderes y de la expansión internacional. A diferencia de sus predecesores fue autoritario, dedicado a la espada y nunca al arado y, obviamente, un demagogo consumado. Su elección fue una consecuencia necesaria de aquello en lo que se había transformado la antigua aldea, donde el sistema anterior de gobierno y convivencia social había llegado a un punto de no retorno. Si no hubiera sido este Tarquino, hubiera sido otro.
Muchas cosas cambiaron. Fue el primer rey que dejó de vivir en una casa como cualquiera y se construyó un palacio. Más aún, construyó un trono y se sentó en él. Su ropa ya no fueron los cuasi harapos usuales, sino que adoptó una indumentaria regia. Seguramente toda esta pompa vino por necesidad. Gobernar a la plebe exige hacer lo que a la plebe le gusta, y a esta verse proyectada en un héroe brillante le reditúa en gran forma. Durante 38 años reinó conquistando todo el Lacio, terminó de conquistar la Sabina y expandió las industrias necesarias. Si atendemos a lo que han dicho de él historiadores contemporáneos, se caracterizó por favorecer a los comerciantes que lo rodeaban. Probablemente haya sido así. Como buen autócrata se embarcó en obras públicas. Transformó la ciudad trazando calles, promoviendo el cambio de chozas por casas con techo a dos aguas y ventanas, construyó la cloaca máxima, que no hace falta explicar los beneficios que trajo a la higiene y a la salud, y creó las plazas y primeros foros que tanto caracterizarían luego a la Ciudad Eterna.
Todo esto lo hizo mientras mantenía su enfrentamiento con las clases patricias, con los agrarios. Estos estaban representados principalmente en el Senado. Temían que, si no hacían nada, los derechos electorales comenzasen a ser recibidos por los plebeyos y eso significaría el fin de la vieja Roma. Al final, decidieron actuar para acabar con aquella forma de gobierno que ponía en riesgo de muerte sus privilegios. Lograron asesinar al rey, pero no pudieron evitar que la corona la heredara el único rey no electo de Roma, su hijo Servio. Este continuó con el estilo de liderazgo de su padre, reformó el sistema electoral organizándolo por clases socioeconómicas, lo que dio la impresión a la plebe de que podía influir en el gobierno, aunque en los hechos se aseguró de que solo los ricos lo hicieran. El Senado acudió a un sobrino del rey para poder llegar hasta él y asesinarlo. La jugada les salió mal, pues en vez de devolver el poder a los senadores para que eligieran un rey como en los viejos tiempos, el asesino se sentó en el trono y continuó con su política belicosa. Al final, los senadores lograron derrocarlo y ya nunca más hubo reyes en Roma, convirtiendo el solo hecho de mencionarlo en un delito punible con la pena de muerte. Era el año 509, había nacido la República Consular donde el Senado elegía a sus cónsules cada año.
Durante cuatro siglos el sistema republicano dio respuestas a los intereses de los romanos. Finalmente, los problemas comenzaron a no encontrar respuesta en el sistema vigente. Con el advenimiento de Julio César, dio comienzo otro período de hombres fuertes, también gracias a que la aparición de estos respondía a demandas insatisfechas y frustradas de la gran población de la Roma republicana, su sempiterna plebe.
Y todo esto a qué viene
Desde el 3 de enero pasado se escuchan muchas cosas en los medios locales y extranjeros. Muchas insensateces, muchos lugares comunes, un sinfín de saludos a la bandera. Hay que ver qué pasará en el futuro, nadie lo sabe, eso sin duda. En la Roma de hace 2600 años pasó algo similar. Lo cierto, tanto con Tarquino, como en nuestro tiempo, es que lo que sucede —el tipo de gobernante que arriba—, ocurre porque encuentra terreno fértil entre personas de todo tipo y color que se sienten desilusionadas por lo que los gobernantes pasados y actuales les brindan.
Las épocas cambian y un enorme error es extrapolar lo sucedido tiempo atrás de forma directa, sin “corregir” por las circunstancias del momento. Pero con los ajustes correctos, el pasado enseña mucho. Cuando quienes gobiernan no dan respuesta satisfactoria a un número suficiente de ciudadanos o incluso de simples residentes, alguien aparece para corregir la situación. Que en varios momentos de la historia estos advenedizos hayan tenido un estilo “fuerte” no quiere decir que sean todos iguales. Entender cómo llegan y a qué vienen es la tarea de cada época. Entenderlo es lo que nos permitirá aventurar qué nos depara el futuro.
[1] Historia de Roma, Indro Montanelli, ediciones deBolsillo, págs. 43 a 48. Todo lo que aquí narro está sacado de esas páginas, a las que recomiendo acudir a quien esté interesado en conocer más sobre los orígenes de la Ciudad Eterna.