Talentos que obligan

Publicado en Revista Hacer Empresa


No hace falta ser experto en las escrituras para conocer la parábola de los talentos narrada por el evangelista Mateo. Según ella, un señor se alejó un tiempo de sus posesiones y dio a cada uno de sus empleados una cantidad diferente de talentos, que era una moneda de alto valor en aquella época, con el fin de que los administraran. A uno le dio cinco, a otro dos y al tercero solo uno. Para tener una idea del significado de lo entregado, un talento equivalía al jornal ganado por un trabajador a lo largo de todo un año. Luego de un tiempo el señor regresó y los empleados le rindieron cuentas. El que había recibido cinco le entregó otro tanto, ganado por haber invertido y trabajado lo recibido. El señor lo premió por su diligencia en forma por demás generosa. Lo mismo sucedió con el que recibió dos, que entregó otros dos como beneficio, siendo también premiado con la misma magnanimidad. Por fin llegó el tercero, que solo había recibido uno. Para sorpresa y disgusto del señor, este le devolvió el talento sin ganancia alguna, pues le explicó que para evitar problemas había decidido guardarlo hasta su llegada, ya que temió perderlo en una inversión y que su señor se enfadara.

La parábola termina con el enojo del señor con ese empleado, al que acusa de infiel y castiga sacándole el talento que apenas guardó y no supo hacer rendir. Hay quien puede entender que es un mensaje muy duro, y lo es. Imposible leerlo como algo complaciente. Al que no tuvo coraje de emprender, de arriesgar, al que se dejó vencer por el miedo, en lugar de comprensión, castigo y reproche es lo que se le entrega. Llegado aquí quizá usted se pregunte qué tiene que ver una columna con motivo de los 100 números y 20 años de nuestra revista con un texto de los evangelios. Veamos si lo puedo ayudar.

Hace veinte años no era evidente la necesidad, ni tampoco la oportunidad, de fundar una publicación. Más aún, algunas voces de aquel momento consideraban que era algo imposible de sostener, algo así como una buena intención que luego de un cierto tiempo caería en desuso y después de languidecer, sin pena ni gloria, yacería en el olvido. Pero algunos pocos creíamos que debíamos lanzarnos al ruedo por un simple motivo: teníamos las capacidades para hacerlo. Parafraseando a san Mateo, teníamos los talentos. En este caso no en su acepción monetaria, sino en la del uso que hoy le damos en nuestro castellano, una “capacidad especial o aptitud” para emprender en el mundo editorial. Si teníamos esas capacidades la pregunta ya no era si debíamos hacerlo, sino, en todo caso, cuáles podrían ser las razones para no hacerlo. Obviamente, no encontramos respuestas que nos permitieran sacarnos el problema de encima, y, por lo tanto, en diciembre de 1998, con la conducción de Raúl Lagomarsino —hoy en Chile— apareció el número 1 de estas primeras 100 ediciones.

El tiempo fue pasando, al principio con cadencia cuatrimestral y luego, al recibir el aporte de una jovencísima estudiante de Comunicaciones de nuestra universidad, nos animamos a ir a un formato trimestral. Años después, ya con esa estudiante convertida en la licenciada Morassi a cargo del emprendimiento, apostamos a la propuesta bimestral que hoy ofrecemos, tanto en versión impresa como digital. Fueron veinte años en los que pasó de todo, incluida la crisis de 2002. Pero, aunque fue complicado, la revista se mantuvo inhiesta. Para llegar a hoy hubo que cambiar muchas cosas, por ejemplo, el nombre. Dejó de ser primero la Revista de Antiguos Alumnos del IEEM, y luego la Revista de Negocios del IEEM, para contar con nombre propio: Hacer Empresa. De un equipo mínimo de colaboradores se avanzó a un equipo de producción, que brilla por su calidad por sobre la cantidad. El foco ya no es un cúmulo de columnas y artículos inconexos, interesantes todos ellos, pero sin ningún hilo aglutinador. Ahora cada edición se concentra en estudiar a fondo un problema, un dilema, un asunto que se investiga y se considera de interés para la sociedad.

Por aquí va el propósito de esta aventura. No busca ni pretende entretener. Por el contrario, aspira a ser fuente de inspiración para los directivos que tienen que elegir un futuro deseable, trabajando luego para hacerlo realidad en las múltiples y disímiles circunstancias que le tocarán en suerte. Hacer Empresa aporta análisis serio, perspectivas encontradas, originalidad en la presentación, a la vez que consistencia en los desarrollos. Sabe que es de ayuda para quienes están continuamente inmersos en una práctica de sana curiosidad, observando a su alrededor, dentro y fuera, a tirios y troyanos, sabiendo que el mundo cambia cada vez más a una velocidad tal que, por ser tan intensa, adormece en una falsa sensación de inmovilidad.

A algunos les toca anticipar las tendencias, mover el timón hacia nuevos rumbos, organizar el aparejo y el velamen para que la nave que gobiernan se deslice de la mejor forma posible más allá de olas amenazantes y por encima de mareas caprichosas. Estos son los líderes, los que lo son y los que pretenden serlo, para su bien y para el de todos los que de ellos dependen. Los que reflexionando con calma y seriedad han entendido que han recibido dones y talentos que están obligados a hacer fructificar para que muchas cosas buenas pasen y, más importante aún, para que los malos dirigentes y peores líderes no ocupen los lugares que no les corresponden.

Pasaron veinte años y seguimos trabajando con ganas, ilusión y responsabilidad para ser dignos de los talentos recibidos. Confiamos, deseamos, que el fruto de nuestro trabajo haya servido de inspiración y reflexión a todos aquellos con talento para construir un mundo más justo y humano.

La vida sigue, Hacer Empresa también.

 

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