Derrotados pero contentos

Pelópidas estaba azorado. En realidad, su estado de ánimo se definía más bien por una euforia irrefrenable, pero a medida que pasaban los días iba cayendo en la cuenta del lío en el que se había metido. Si todo sucedía dentro de la lógica, en muy corto tiempo sus hazañas patrióticas se convertirían en desgracia y muerte para él, además de para todos sus compañeros revolucionarios. En todo caso las futuras generaciones de tebanos lo recordarían como aquel gran hombre que había luchado y caído en forma por demás heroica. A Pelópidas no le molestaba pasar a la historia de esa forma, pero con sus escasos veinte y pocos años prefería que tal cosa no sucediera tan pronto.

Todo había comenzado un par de semanas atrás. Hacía tiempo que los espartanos habían tomado el control —no formal, de hecho— de la gran mayoría de las ciudades de la Hélade. Al principio todo el mundo lo tomaba de buen grado, pues los espartanos habían derrotado a los atenienses que se habían convertido en unos pesados como “protectores”, una forma elegante de decir, de la mayor parte de las ciudades-estado griegas. Así que cuando llegó Esparta en plan ayuda, la respuesta fue positiva. El problema era que ya habían pasado varios años desde que en el 387 a. C. se firmara la paz de Sardes, y todo el mundo estaba harto del comportamiento tiránico de los lacedemonios. Un día Pelópidas, ciudadano de Tebas, decidió que no aguantaba más a los gobernantes que Esparta había impuesto. Junto a media docena de amigos decidió actuar, lo que se tradujo en pasar a cuchillo a los odiados “colaboradores”. De ahí a una fiesta popular y a que Pelópidas proclamara la Confederación Beocia liderada por Tebas fue solo un paso. Pero como ninguna felicidad es eterna, al menos en este mundo, pronto llegó a oídos del joven tebano que Esparta marchaba contra los rebeldes y lo hacía con un ejército de 10 000 hoplitas.

Hay que entender lo que esto significaba en aquella época. Los espartanos eran guerreros consumados, muy rara vez derrotados además de entrenados desde la infancia para solo una cosa: guerrear. Eran los mejores en el mano a mano e insuperables en sus formaciones tácticas. Por lo tanto, viendo la que se le venía encima se entiende el estado de ánimo del fogoso Pelópidas. Era evidente que Esparta no solo pretendía recuperar su influencia en la Beocia. Sus principales motivos para una expedición punitiva eran los de todo tirano que gobierna a través del miedo: evitar que otras ciudades sometidas siguieran el ejemplo de los levantiscos.

Pelópidas comprendió que la cosa se complicaba, así que, sin muchas alternativas, decidió acudir a su buen e íntimo amigo Epaminondas. Este era un joven inteligente, más bien tímido, educado, culto y reconocido pese a su corta edad por llevar un estilo de vida ascético y mesurado. Epaminondas no tenía experiencia militar y ni siquiera el gusto por las armas. Nombrado por Pelópidas jefe del ejército tebano pronto se vio en un aprieto. Si hacía lo de siempre, a los espartanos difícilmente se le pudiera ganar en el campo de batalla. Más aún, en un conteo rápido se dio cuenta de que apenas podría alinear seis mil hombres, por lo que estaría no solo en desventaja de calidad sino también numérica. Muchos hubieran renunciado a encargo tan comprometido. Derrotar a los espartanos no parecía muy probable.

Pero he aquí que Epaminondas comenzó a develar su genio que lo haría pasar a la historia. En lugar de llevar a sus hombres a la batalla para caer en forma heroica y digna como lo debe hacer un buen griego, decidió poner creatividad e ingenio para lo que se avecinaba. Analizó la táctica espartana, que siempre era igual, aunque no por eso menos exitosa. Estos atacaban a sus enemigos empujando en el centro de la línea, haciéndola ceder para luego masacrarlos por separado. Esta forma de pelear, que a los espartanos les daba mucho resultado, era seguida por los ejércitos de las otras ciudades griegas, por aquello de que los espartanos marcaban la tendencia en materia de combate. Y con tales reglas el resultado se repetía una y otra vez. En lugar de atrincherarse a la defensiva, el joven general tebano alineó sus tropas en una llanura en la cual tenía ventajas topográficas. Disimuladamente debilitó el centro y reforzó el ala derecha con lo mejor de su ejército, sus tropas de élite, simples ciudadanos soldados a los que había entrenado duramente en el corto tiempo que tuvo para preparar la batalla. Cuando los espartanos hicieron lo que siempre hacían, comenzaron a hundir el centro que deliberadamente, paso a paso, cedía ante su empuje. En eso estaban cuando fueron atacados por los flancos, principalmente su izquierda, quedando totalmente expuestos a combatir de una forma en que nunca lo habían hecho. Sorprendidos y sin plan B, los espartanos fueron aniquilados. Epaminondas logró una victoria que enmudeció a toda Grecia, pues nunca nadie hubiera podido imaginar que un ejército espartano llegara a ser destrozado por otro de la mitad de su tamaño y, además, de una ciudad sin demasiados antecedentes militares.

Reflexión

Unos días atrás me vino a la mente la historia de Epaminondas. Increíblemente sucedió durante una conversación trivial acerca del inefable tema del momento: la mediocridad de los equipos uruguayos en las copas internacionales. En eso estábamos varios contertulios cuando uno, con voz grave y tono condescendiente, explicó que era lo que había, que lo de antes ya no podía repetirse y que, debido a nuestra condición de poca población, poco dinero y todo lo de siempre, nada se podía hacer. Nada que reclamar acerca de la veracidad del diagnóstico negativo y realista. Pero si esa es la situación, ¿para qué seguir apoyando a nuestros equipos? Si lo único que podemos esperar es que nos pinten la cara ya no brasileños o porteños, sino ecuatorianos y peruanos, en fin, que nuestro karma no sea otro que dar motivo de alegría a los hermanos latinoamericanos, quizás mejor dedicarnos a jugar al manchado o a la escondida. Para mi sorpresa, cuando hice esta proposición se me quedaron mirando como si estuviera diciendo una herejía. Pero yo lo decía en serio, y lo repetí vehementemente, ¿qué sentido tiene seguir haciendo lo mismo una y otra vez sabiendo que lo único que vamos a lograr es ser derrotados?

En Uruguay estamos necesitando algún Epaminondas. Muchos uruguayos están hartos de que en el deporte y en muchos órdenes de la vida nuestra aspiración sea apenas hacer un buen papel. Al que luego relativizamos con que somos 3.45 millones, y ya todos felices. Lo mismo que en fútbol pasa en nuestras empresas, y ni que hablar en nuestros gobiernos. La mayor aspiración es administrar lo que tenemos, ir tirando, poco más. Nunca una meta grande, enorme, épica. Algo que si se logra cambiaría drásticamente la vida de los que aquí residimos. ¿Qué hubiera pasado si Epaminondas hubiera sido un uruguayo del siglo XXI? Y que conste que digo de este siglo, pues si pensamos en los orientales de principios del XX, la historia sería una muy diferente.

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