Acerca de los que hacen y de los que destruyen

La raza humana, afortunadamente, es un conjunto de personas de lo más variado. Las hay altas y bajas, rubias y castañas, gordas y flacas, hombres y mujeres, feas y lindas, valientes y cobardes. En fin, que hay de todo y quizás la mayoría de tales dicotomías no aporten nada. Sin embargo, hay una discriminación que me parece que justifica prestar atención. Quizás no es de las más comunes. Me refiero a la que se da entre los humanos que construyen y aquellos que destruyen. No quiere decir que a cada persona le toque destruir siempre y a otros construir una y otra vez. En realidad, lo que hace a la cosa es que algunos se caracterizan por haber construido algo, por haber dejado una huella o al mundo un poco diferente a como lo encontraron, mientras que los otros, si por algo se los recuerda es apenas por haber destrozado algo valioso o alguna cosa que a alguien le había costado mucho construir.

La historia de Inscius

Inscius era un legionario de la tercera centuria, primera cohorte de la Legión VI, que formaba parte del ejército romano que bajo las órdenes del cónsul Marcelo sitió y conquistó Siracusa. En aquella ciudad de la costa siciliana, gobernada en ese entonces por el tirano Epícides, vivía ya mayor Arquímedes. Aunque la mayoría de los lectores no tienen ni idea de quién fue Marcelo ni Epícides, seguro les suena Arquímedes. Este fue un discípulo de Euclides que vivía en Siracusa bajo la protección del tirano Gerón, que increíblemente para los lectores contemporáneos, a su título de tirano los historiadores le han agregado los calificativos de culto y benévolo. Parece que Arquímedes, según cuenta Indro Montanelli, era un poco despistado, tal cual la caricatura que todos nos hacemos de los científicos. Era conocido por su buen humor y despreocupación que lo llevaba a ensimismarse en la observación de los fenómenos de la naturaleza de tal forma que olvidaba hábitos tan edificantes como alimentarse y asearse.
Arquímedes ha pasado a la historia por muchas cosas, pero casi todos lo asociamos con el famoso grito de “eureka”, que quiere decir algo así como “lo encontré”. Resulta que el soberano de Siracusa le había hecho un encargo importante. Una corona de oro que un artesano le había fabricado le estaba causando al tirano algunas dudas. Por algún motivo desconfiaba de que fuera de oro macizo, pero debido a la belleza de la pieza no tenía intención de romperla para ver en su interior. En eso estaba Gerón cuando se le ocurrió pedirle a su protegido Arquímedes que, sin afectar la estructura de la joya, determinara si de verdad era de oro. Las crónicas relatan que no le fue sencillo, pero, al final, estando en una bañera —parece que ese día sí había decidido higienizarse— vio cómo la corona al sumergirse en el agua desplazaba el líquido a la vez que perdía peso, con lo cual formuló el principio según el cual un objeto al sumergirse pierde peso equivalente al volumen de agua que desplaza. Como corolario, sabiendo que una corona de oro tiene menos volumen que una del mismo peso de plata, le faltó poco para al sumergirlas a las dos descubrir que la diferencia de agua que desplazaban probaba lo que su soberano deseaba saber, que la corona no era de oro al cien por ciento. La historia no cuenta qué le pasó al artesano, pero ni importa mucho ni hay que ser historiador para imaginarlo. Lo que efectivamente se sabe es que Arquímedes se emocionó tanto con el hallazgo que desnudo salió corriendo gritando lo que luego lo haría famoso: “¡¡Eureka!!”.
Cuando en el 212 (a. C.) Marco Claudio Marcelo sitió la ciudad comenzó a encontrar muchos más problemas de los que hubiera esperado. Sus legiones no lograban hacer sucumbir la fortaleza, pues, entre otras cosas, una cantidad de hechos extraños estaban sucediendo. Espejos que concentraban los rayos del sol dirigiéndolos contra los barcos romanos e incendiándolos, la manus ferrea, una gran polea que atrapaba los aparejos de los barcos romanos recostados contra los muros de Siracusa y que con violencia los elevaba y los dejaba caer hundiéndolos o dañándolos gravemente. También los romanos tuvieron que enfrentar catapultas de una precisión desconocida para la época. Obviamente, las tropas comenzaron a temer que todos esos engendros fueran obra de algún dios, pero Marcelo averiguó que no había tal deidad sino que todo era obra de un científico llamado Arquímedes.
Cuando luego de ocho meses las legiones ingresaron a Siracusa, Marcelo dio orden de que le trajeran con vida a Arquímedes pues deseaba incorporarlo a su séquito. Lamentablemente, aquí aparece nuestro abnegado Inscius. Su cohorte había luchado bravamente en las murallas, la mitad de su centuria había caído combatiendo y él ahora caminaba por una playa buscando soldados enemigos rezagados. De repente, observó a un anciano en cuclillas. Se acercó a él y le dio la orden de ponerse de pie. Arquímedes estaba en ese momento ensimismado haciendo unos círculos en la arena con el fin de resolver uno de sus dilemas. Parece, según cuenta la historia, que le dijo al bruto de Inscius que esperara un poco, que estaba resolviendo un problema. Pero Inscius había sido entrenado para destruir, y estaba cansado, frustrado de tanta sangre y con el ánimo rabioso. Por lo tanto, no tuvo mejor idea que enterrarle su gladius en la espalda, con lo que el notable científico, inventor del tornillo que lleva su nombre y que hasta la fecha se utiliza, entre muchas otras cosas, pasó a mejor vida casi sin darse cuenta.
Cuentan que Marcelo se enfureció cuando le dijeron que Arquímedes había muerto. Pero ya no había nada que hacer. Inscius había hecho su aporte a la historia. Arquímedes también.

Reflexión

Las oportunidades que la vida depara a cada uno son muy disímiles. En ocasiones la vida nos ofrece la posibilidad de hacer algo grande, a veces algo muy pequeño. Pero magno o insignificante, lo que importa es si es algo que agrega valor, que se construye, que edifica. No importa el tamaño, importa su naturaleza. Como la sentencia bíblica, “por los frutos los conoceréis”. Hay personas que lo que dejan es una huella marcada, otras sencillamente pasan por la vida, que no por la historia, borrando las huellas que otras se esforzaron en construir.
A veces sucede que estos destructores vitales lo son por ignorancia, por simple incapacidad invencible. Como el bruto de Inscius, que, dicho sea de paso, no existió como tal, ni la historia registró su nombre, grado o unidad en la que sirvió. De los Inscius nadie suele acordarse. En otras ocasiones, la destrucción de la que algunos hacen marca de su vida es fruto de sentimientos más bajos, como la envidia, el rencor o el resentimiento. Frente a estos últimos, hasta el torpe de Inscius merece nuestra condescendencia indulgente.
Amigo lector, tu y yo quizás estemos muy lejos de sumarnos al devenir de los tiempos como nuevos Arquímedes, pero al menos deberíamos hacer el mayor esfuerzo de no convertirnos en algún moderno Inscius.

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