De la soja a los chips

Publicado en Revista Hacer Empresa


Todos aceptamos pacíficamente que China es competitiva debido a que sus obreros trabajan por un plato de arroz y que por lo tanto su costo de mano de obra es insignificante. Además —argumentamos gravemente— aunque la clase media China crece por millones al año, aún hay cientos de millones en la indigencia que harán posible sostener el milagro chino apoyado en los bajos salarios. Aunque esto sea verdad a nivel microeconómico, no lo es tanto a nivel macro. Siguen utilizando mano de obra semiesclavizada, mas ya se han dado cuenta que algo diferente hay que hacer. Y lo están haciendo. Según un artículo[1] reciente, China ha enfrentado durante los últimos seis años un crecimiento del 400 % en sus salarios industriales. Y aunque aún hay obreros sin trabajo que aceptan trabajar por menos, se les ha hecho evidente que se trata de una estrategia finita. Por lo tanto, los autores explican que China ha avanzado hacia una estrategia diferente. En el mismo período ha avanzado hacia la automatización que la ha llevado a tener, solo ella, tantos robots industriales como el resto del mundo tiene actualmente. China sigue apostando a la mano de obra barata… mientras aprovecha el tiempo y la ventaja competitiva para convertirse en un fabricante basado en la tecnología.

En las tierras de Galeano y García Márquez

Medio siglo atrás las teorías desarrollistas campeaban a lo largo y ancho de las economías subdesarrolladas de los países latinoamericanos. La visión condescendiente de nosotros mismos promulgada por Las venas abiertas de América Latina sumada a la Teoría de la Dependencia denunciaba un modelo que soportaba la riqueza de los países occidentales en la pobreza de las economías primarias del sur americano. Muchos años han pasado pero en el fondo poco ha cambiado. Latinoamérica sigue apostando básicamente a ser el proletario del mundo desarrollado. Un proletario que sabe usar una computadora, pero que en definitiva sigue aportando su trabajo para llevar adelante tareas de bajo valor agregado y sofisticación aún menor.

Hablemos del Uruguay, paradigma de esta nueva edición de Crónica de una muerte anunciada. El análisis de lo que aquí se produce sigue siendo de bajísimo valor agregado. Además lo es basado en una resignación notable, asumiendo como el décimo primero mandamiento que la producción celeste tiene que ser necesariamente primaria por el simple hecho de que… tenemos mucho stock del factor tierra… y por lo tanto, dado que tenemos tierra, solo podemos producir cosas que vienen de la tierra. Ridículo por donde se lo mire. Que tengamos tierra en cantidad, y cierta calidad, explica que haya oportunidad de hacer negocios a partir de ella. Pero en ningún lado esto nos limita para hacer cosas diferentes con el dinero que sale de ese negocio de la tierra. Hace ya muchas décadas que aprendimos que los ciclos no son eternos. Ni siquiera estos se pueden evitar a nivel de sector o más aún, a nivel negocio. Cuando hay libertad de comercio, si a alguien le va bien, habrá otro que deseará que a él también le vaya de la misma forma, por lo que aplicará su creatividad para tratar de hacer las cosas diferentes o mejor y quedarse con las ganancias. Siempre ha sido y será así. Y agradezcamos por ello pues es la única forma en que la humanidad, a lo largo de miles de año ha logrado desarrollarse y construir un mundo mejor.

La bonanza económica basada en la soja maravillosa ha sido una bendición. Ojalá siga mil años más. Es más que razonable la decisión a nivel microeconómico de cada empresario de apostar a ella. Lo mismo se puede decir de la ganadería. Lo que no es tan sensato es que a nivel de decisión macroeconómica se caiga en la miopía de pensar que el resto del mundo no juega el partido. Que los precios y los márgenes van a seguir siendo fantástico debido a que hemos llegado nuevamente al fin de los tiempos, en los que nuestro modelo productivo encontró el cuerno de la abundancia debido al ingenuo argumento de que “los chinos tienen que comer, y aún hay muchos que no empezaron”.

Evidentemente los chinos tienen que comer pero por ser chinos, y comunistas, no necesariamente son estúpidos, más bien todo lo contrario. La situación de dependencia alimentaria con exceso de precio no es algo que una potencia mundial va a tolerar pacíficamente y sobre ella va a actuar, a nivel macro, para llevar los precios y los márgenes a niveles aceptables, que para el productor se traduce en: “Se acabó la fiesta, aunque siga siendo rentable”.

Nuestro factor tierra no es más potente desde el punto de vista competitivo que el factor mano de obra de la China del siglo XXI. Hagamos como los chinos. Aprovechemos la ventaja competitiva, pero no para regodearnos en ella sino para usarla de trampolín hacia el nuevo estadio de competición. Si no lo hacemos, dentro de un par de décadas estaremos recordando tristemente aquellos tiempos en que el mundo nos pagaba 500 verdes por la soja. Así la soja, y la carne también, se habrán convertido en el nuevo corned beef de las narraciones nostálgicas de aquellos tiempos felices que se han ido para no volver.


[1] HBR, junio 2015, The Age of Smart, Safe, Cheap Robots Is Already Here, Miremadi et altres.

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