Lo que la empresa es

Publicado en Revista Hacer Empresa


Un análisis lógico sobre la viabilidad del esfuerzo de la autogestión. ¿Respetan las empresas autogestionadas las restricciones exigidas en la gestión de la empresa comercial?


La fuerza con que han aparecido en escena las empresas recuperadas o autogestionadas se explica principalmente por hacer prevalecer un principio socio- político referido a “la profundización de la democratización del mundo del trabajo”. Como todos los principios, son punto de partida que se asumen como tales a partir de los cuales luego se actúa en consecuencia. En este artículo no se pretende argumentar si tal axioma es válido o no, más allá de que es una discusión sin lugar a dudas relevante. Lo que aquí se busca es aportar un análisis lógico acerca de la viabilidad del esfuerzo. La pregunta que se abordará en los párrafos que siguen apunta a dilucidar si la lógica necesaria detrás de este desafío respeta las restricciones exigidas en la gestión de la empresa comercial.

La pregunta

¿Es posible que una unidad productiva autogestionada logre los resultados necesarios para satisfacer necesidades de los clientes de una forma eficiente y sostenible en el largo plazo? La respuesta se buscará más allá de la necesidad concreta que busca satisfacer, el sector en que compite, los productos que vende o los servicios que presta. Si quiebra debido a los avatares de la competencia, no será necesariamente una prueba de que el concepto de autogestión no es útil a gran escala, pues el fracaso podría llegar a deberse a las mil razones competitivas que también afectan al resto de las empresas.

Acá lo que se busca es llegar a la conclusión de si la empresa autogestionada cuenta con las capacidades mínimas para poder cumplir con el papel que ha de cumplir una empresa[1]: satisfacer, autónomamente, necesidades de terceros de una forma eficiente y sostenible en el tiempo.

Economía de empresas

En un artículo muy conocido del premio Nobel de Economía Herbert Simon se dice que si las interacciones entre empresas dejaran un rastro verde y las relaciones intraempresas uno marrón, lo que un extraterrestre vería desde el espacio exterior sería un globo pleno de manchas marrones conectados entre ellos por líneas verdes. De alguna forma, lo que conocemos como economía de mercado desde hace ya mucho tiempo se parece más a algo que deberíamos denominar economía de empresa. La mayor parte de lo que hacemos en la economía contemporánea es trabajar dentro de organizaciones, lugar en el cual el mercado como tal funciona poco. La razón por la cual se puede afirmar que el mercado funciona bastante poco dentro de la empresa radica en que las decisiones son tomadas a partir de una lógica jerárquica (ver Glosario). El contar con la capacidad de coordinar las acciones de un conjunto de personas y recursos productivos a partir de la autoridad propia de la jerarquía es lo que caracteriza la vida dentro de la organización empresarial. Diferente es cuando la empresa se relaciona con proveedores y clientes pues estos intercambios se dan siguiendo la lógica del mercado. De la  misma forma, es el mercado el que prima en el momento de definir un contrato laboral; pero en su perfeccionamiento lo que nuevamente predominará es la coordinación a través de la línea de mando.

Para qué sirven las empresas

Si gran parte de la actividad económica se realiza dentro de empresas en detrimento de relaciones de mercado, es lógico preguntarse por qué existen tantas empresas. O dicho de otra forma, ¿por qué algo es ejecutado a través de una empresa y no a través del mercado?

Sintetizando, el funcionamiento dentro de las empresas es la mayor parte de la actividad económica de nuestros tiempos. Si la lógica de este funcionamiento no es el mercado, deberíamos entender qué es lo que hace que funcione. Por otra parte, un paso previo a lo anterior sería entender cómo se determina que una cierta actividad económica convenga llevarla a cabo dentro del marco de la empresa o a pura relación de mercado abierto. Estas dos cuestiones son relevantes, al menos como tesis para indagar acerca de qué es lo que hace útil a una empresa así como qué es lo que hay que asegurar que funcione para que esa eficiencia se dé en la práctica.

En el ejemplo de Juancito Transportes (ver Recuadro), si bien se puede decir que en ambos casos hay empresa a lo que solemos llamar así es a lo segundo. La empresa, en la primera opción, se limita a actuar como un ente jurídico que es utilizado para la relación con el cliente y poco más. Cualquiera de los dos caminos es válido. Sin embargo, la pregunta interesante es qué es lo que hace que en un caso se utilice el formato mercado, Juancito coordinando y contratando caso a caso, con una relación con cada factor de producción que comienza y termina en la prestación del servicio concreto, o el formato jerárquico, donde Juancito enmarca en una organización al conjunto de los factores de producción y la coordinación no se da a través de precios sino a través de la autoridad jerárquica.

Razones para que una empresa exista

Esta pregunta ya ha recibido varias respuestas. Una de las más conocidas es que la empresa existe, o la empresa se crea, cuando el servicio que debe cumplir se realiza en forma más eficiente dentro de una estructura jerárquica que a través del mercado. Ronald Coase[2], en el muy lejano 1937, afirmó que la principal razón por la cual una empresa existe es debido a que hay circunstancias en que es menos costoso coordinar la actividad dentro de una empresa que a través del sistema de precios, esto es, a través del mecanismo del mercado. Esta visión indicaría que el mercado y la empresa son caminos alternativos para organizar la actividad económica.

Si Coase estaba en lo cierto, Juancito optará por una u otra alternativa de organización en función de lo que sea más eficiente, valga decir, de lo que convenga más a sus intereses. Según Coase las dimensiones más determinantes en la eficiencia de uno u otro camino son la incertidumbre y el oportunismo (ver Glosario). Cuando haya mucha incertidumbre, en ocasiones generada a partir de la complejidad de la tarea a realizar, la empresa se presenta como una alternativa más eficiente que el mercado. En el caso del oportunismo, si se estima que el riesgo de aparición de conductas oportunistas por parte de las personas que participan de la actividad es muy alto, quizás la relación de mercado ofrezca mejores soluciones.

En el caso de Juancito la incertidumbre puede estar presente en la alta volatilidad de la demanda, siendo esta totalmente dispar de un día para otro, mientras que el oportunismo podría hacerse presente si estima que hay una alta probabilidad de que el conjunto de empleados con los que cuenta para hacer la carga y descarga van a alegar una y otra vez limitaciones físicas complejas de probar para acogerse al beneficio de una tarea más liviana dentro de la propia empresa. La mayor o menor presencia de cada una de estas dos realidades, el grado de incertidumbre y la predisposición a la conducta oportunista, serán entonces los factores claves para determinar si algo se lleva a la práctica a través de una organización o a través del mercado.

El concepto de racionalidad limitada (ver Glosario) explica en gran medida la razón por la cual la percepción de incertidumbre incide de forma tan importante. Esta restricción hace que los tomadores de decisiones sean incapaces de incluir en su “proceso de toma de decisiones” el cien por ciento de la información relevante para una decisión concreta. Por lo tanto, si el decisor entiende que enfrenta una incertidumbre muy alta alrededor de la tarea o cuando esta es de una complejidad tal que hace muy caro, sino imposible, prever todas las contingencias asociadas al proceso de prestación de ese servicio, la herramienta que el decisor encontrará para reducir las eventuales consecuencias negativas de su proceso sujeto a “racionalidad limitada” apuntará a incluir la actividad dentro de la relación jerárquica. Si Juancito prevé que la demanda de cargas es muy poco previsible, que el tiempo de respuesta que se exige es muy corto, o simplemente que el relacionamiento con los “factores de producción” es muy complejo por falta de buenos sistemas de comunicación, concluirá que el grado de complejidad de la coordinación que habrá de hacer, potenciado por la incertidumbre de cada jornada en cuanto a la demanda, hará que opte por un sistema de organización empresarial en detrimento de uno de contratación abierta para cada operación.

De la misma forma, si existieran muy pocos camiones disponibles para ser contratados, el riesgo de comportamientos oportunistas de parte de los propietarios de camiones llevará a que el riesgo de ineficiencia para Juancito en la prestación de sus servicios por quedar rehén de los pocos camioneros lo lleve a considerar el factor camión dentro de la empresa y fuera de la relación de mercado abierto.

Qué es lo que caracteriza a una empresa

Si aceptamos que la empresa es la alternativa eficiente a la coordinación a través del mercado, interesa entender qué es lo que debe hacerse para que esa respuesta eficiente realmente lo sea. Alchian & Demsetz[3] afirman que la razón de ser de la empresa radica en la existencia de un grupo de personas que trabajando conjuntamente obtienen un resultado mayor a la suma de lo producido por cada uno de los miembros del equipo trabajando por separado. Por ser este trabajo conjunto suele ser muy difícil de descubrir el producido de cada uno de los individuos por separado. Cuando se dan estas condiciones, Alchian & Demsetz afirman que existe un equipo de producción (ver Glosario), el cual necesita de la cooperación inteligente para obtener resultados en forma eficiente. Hasta aquí podría no haber empresa. El conjunto de los miembros del equipo cooperan interesadamente entre ellos, y lo hacen en forma sostenida en el tiempo, debido a que de esa forma son conscientes que lograrán un resultado mayor al que conseguirían por otro camino. El concepto de empresa va a aparecer cuando reflexionamos acerca de la segunda condición necesaria. La dificultad de medir con precisión el aporte individual de cada miembro del equipo. La existencia de esta carencia incrementa la posibilidad de que algún miembro no cumpla con su deber (conducta oportunista). La simple duda de que esto puede llegar a pasar quizás desanime a aquellos miembros que saben pueden hacer un aporte importante, desanimándose o desestimulándose para hacer ellos mismos su mayor esfuerzo, lo que al final del día termina en un producido claramente inferior o a lo que podría haber sido, perdiendo el conjunto y cada uno de los miembros por separado.

Ante esta realidad, son los propios miembros del equipo que buscarán algún camino para reducir la posibilidad de que uno o más miembros “escurran el bulto”[4]. Es aquí donde aparece la necesidad de una jerarquía (una empresa), que se concreta a través de la asignación a un miembro del deber de vigilar a los otros para que no eludan su responsabilidad. Pero, ¿quién supervisa a los supervisores? Alchian & Demsetz proponen que en un cierto lugar de la escala de supervisores habrá que optar por un mecanismo diferente. Esta solución original radica en utilizar los derechos de propiedad. Asignando al supervisor, o al supervisor final, los derechos de propiedad de los beneficios residuales, todo aquello que queda sobrante una vez se ha pagado a todos los demás miembros del equipo de producción. Estos derechos de propiedad no solo dan derecho a los beneficios residuales, sino también a observar el trabajo de los miembros del equipo, que es propiamente el trabajo de los supervisores.

Así se llega a que estos derechos de propiedad definen la propiedad de la empresa. Que no es más que la propiedad sobre el derecho a controlar (a contratar, despedir, promocionar, cambiar, renegociar) y el derecho a gozar de lo que sobre, si es que sobra.

Autogestionada Transportes, la tercera vía

Veamos ahora una tercera opción al servicio de mudanzas. Un grupo de trabajadores deciden trabajar coordinadamente para brindar el servicio. Deciden que su retribución será la cuotaparte de los beneficios producidos por la empresa. Luego de crear una persona jurídica que les permita contratar y cumplir con la ley, se reparten las tareas. Unos cargan y descargan, otros conducen y otros realizan los contactos con los clientes. Con el razonamiento de Coase, este conjunto de personas habrá llegado a esta alternativa por entender que trabajando juntos en forma estable son más eficientes en obtener resultados para todos y cada uno de ellos que trabajando cada uno por separado, ofreciendo su trabajo en forma independiente para cada operación. Si este equipo de producción es suficientemente numeroso como para presentar la característica que el aporte individual que cada miembro hace al resultado final, del cual todos se benefician, no puede ser observado en forma suficiente por el resto de los miembros, entonces se estaría en la definición típica de empresa que presentan Alchian & Demsetz. Según su planteo, se habría configurado la necesidad de encontrar una solución al problema de control (supervisión). El grupo, con el fin de combatir la incertidumbre acerca de que quizás algunos estén “evitando su mejor esfuerzo”, con el consiguiente temor de que el esfuerzo del conjunto decaiga y se transforme en menor beneficio para todos y cada uno, opta por designar a un miembro para que supervise. Así se designa a Juancito para que controle que cada miembro cumpla con su deber. Juancito, como un miembro más del equipo de producción deberá realizar su mejor esfuerzo disciplinando a aquellos que incumplen, para lo cual deberá estar autorizado a observar el trabajo de cada uno y a tomar las medidas pertinentes para corregir los desvíos. El problema que surgiría es que Juancito quizás no tenga ganas de hacer su mayor esfuerzo de vigilancia pues evidentemente tiene un costo mientras que lo que cobra es una parte más del resultado final como todos los miembros. Quizás gane un poquito menos en su cuotaparte, pero el costo que se ahorra de malos momentos, enemistades, esfuerzos y búsqueda de información (observar), etc., lo justifique. Una solución podría ser poner a Pedrito para que supervise a Juancito, pero es obvio que el problema se repetiría con Pedrito. Siguiendo a Alchian & Demsetz, sería de interés de los miembros del equipo otorgar a Juancito un incentivo original y diferente al de los demás. Juancito se quedaría con el dinero que sobre de pagar la parte que corresponde a todos los miembros del equipo de producción, lo que obligaría a que los miembros del equipo de producción no se lleven un resultado cien por ciento distributivo sino en parte fijo, para que se cree la posibilidad de que haya un residual una vez todos cobren. Juancito, al beneficiarse del sobrante, estaría alineado con el interés del colectivo. El grupo aspira que como supervisor trabaje a conciencia, reduciendo así la posibilidad de que un miembro en particular incumpla su deber. Por otra parte, Juancito ya tendría el derecho de observar el trabajo de cada miembro, a la vez que actuar para prevenir desviaciones y para corregirlas cuando las detecta. Por último sería evidente la necesidad de que Juancito pudiera vender este derecho, pues si no tiene ese derecho de venta no se verá empujado a hacer su mejor trabajo de supervisión cuidando los flujos residuales futuros, eventualmente viéndose tentado a maximizar el residual presente, en detrimento de la sostenibilidad de la eficiencia del equipo de producción.

Por lo tanto, siguiendo la lógica de Alchian & Demsetz, habría aparecido un propietario, o al menos una persona que si no la llamamos propietario tiene los derechos de aquellos que se llaman propietarios. No necesariamente la empresa cambiará su nombre a Juancito Transportes, pero no sería raro que así sucediera.

Reflexiones finales

El grueso de las transacciones se realiza dentro de las empresas y no en el mercado abierto. Esto sucede no por cuestión de gusto, ideología o estilo sino por una razón de eficiencia. La incertidumbre presente, la complejidad de la tarea, la posibilidad de conductas oportunistas son las variables que más se deben tener en cuenta cuando se opta por la alternativa empresa.

Una vez elegida la organización jerárquica como alternativa, con su mezcla de incertidumbres, complejidades y oportunismos que la explican, el meollo de la eficiencia productiva se encuentra en el trabajo cooperativo de los miembros de la empresa, superior en eficiencia a la suma de los resultados individuales, pero con la complejidad de no poder medir en forma suficiente los aportes individuales. Esto último potencia el riesgo de conductas oportunistas que de no ser controladas destrozan la eficiencia esperada.

La necesidad de la función de supervisión aparece como una condición necesaria para que el equipo de producción (la empresa) alcance un funcionamiento eficiente. Pero que un miembro reciba esta responsabilidad no soluciona el problema. También puede darse en este la falta de cumplimiento en ejercer de la mejor forma posible su tarea de control, dado que el impacto negativo en el resultado colectivo global (el beneficio de la empresa a ser repartido entre todos los miembros) solo le impacta en una cuotaparte. Por lo tanto, al problema de quien controla al controlador se soluciona con un sistema de incentivo original, que no es más que asignarle a ese supervisor el beneficio residual resultante de pagar a todos y cada uno de los miembros su cuotaparte. Obviamente esta cuotaparte tendrá que tener un componente no asociado directamente al resultado pues en ese caso no habría beneficio residual.

Si al supervisor lo hago beneficiario de los beneficios residuales, y le he dado la posibilidad de vender ese derecho para que supervise también los flujos futuros, a la vez que le he dado el derecho a observar y disciplinar el trabajo de los demás miembros, su estatus se parece enormemente al del propietario del capital en una empresa mercantil.

Al final, la función de autoridad propia del propietario es necesaria para la eficiencia de la empresa, al menos desde un punto de vista de empresa de un cierto porte mínimo en cantidad de miembros y de una complejidad mínima en el tipo de tarea o servicios que presta (ver recuadro Pseudo empresas). Para que una empresa pueda cumplir su papel en la sociedad parece necesario que alguien detente los derechos de propiedad. Quizás esto se pueda lograr sin acudir a la figura tradicional y vernácula del empresario propietario. Si se observa el riquísimo universo de soluciones organizativas a lo largo del mundo occidental se podrá ver que en los hechos así ocurre. Lo que no parece sensato es querer que una empresa se comporte como empresa y logre lo que se pretende de ella restringiéndola en sus variables fundamentales.


Juancito Transportes

Una persona desea trasladar varios muebles desde su residencia en Montevideo a su casa de verano. Busca en la red proveedores de este servicio y encuentra uno que se llama Juancito Transportes. Su propietario, Juancito, visita el domicilio para observar la carga, consulta a dónde hay que llevarlo, el día en que se desea que esto suceda. Un par de días después pasa una cotización por el trabajo y la misma es aceptada. Tres días después, según lo coordinado entre Juancito y el cliente, un camión llega al domicilio, dos peones cargan los bultos en el camión, el vehículo parte solo con el chofer y una hora después arriba a la casa de verano. Allí dos peones diferentes a los anteriores esperan para bajar la carga. Un rato después, el cliente va hasta un local de cobranzas y realiza un giro por el pago del servicio.

El servicio anterior puede haberse dado al menos de dos formas. En una de ellas, Juancito, único empleado de su propia empresa, una vez que ha recabado los datos de la carga llama a una serie de personas que sabe que están dispuestos a trabajar por hora en la carga y descarga. Luego de contratar a dos para la carga y a otros dos para la descarga, coordina con ellos el precio de la hora y les indica lugar, día y hora en que deberán presentarse. Concomitantemente con ello contrata a un fletero coordinando su disponibilidad horaria y el precio que este cobrará. Por último llama al cliente, le cotiza el servicio y le indica que si lo acepta, le haga un anticipo del veinte por ciento a través de una red de cobranza, con el compromiso de que le cancele el saldo una vez cumplido el servicio a través del mismo medio de pago. En la otra opción, Juancito es propietario de un camión, mantiene en planilla a un chofer y un par de peones, todos ellos asalariados en base a un sueldo. Juancito cotiza el trabajo según su lista de precio y luego da una serie de órdenes (acerca de día, hora, forma, etc.) para que lleven adelante el servicio solicitado, encargando al chofer que cobre al cliente y le emita un recibo de la empresa.


Pseudo empresas

Si los miembros de la empresa son un número reducido, es muy probable que la capacidad de observabilidad mutua en cuanto al esfuerzo/aporte de cada miembro sea suficientemente alta para no necesitar una herramienta de supervisión. Lamentablemente, en general las empresas necesitan crecer en cantidad de miembros pues caso contrario la empresa ve limitada su capacidad de desarrollo. Por otra parte, pueden ser muchos los miembros de la empresa pero la complejidad de la tarea ser tan baja, que la capacidad de conducta oportunista es nula debido a la excelente visibilidad de lo que cada uno hace y aporta. En este caso tampoco habría necesidad de una herramienta de supervisión.

Una empresa que nace con limitaciones estructurales en su potencial de crecimiento no puede llamarse empresa y, más importante aún, no se puede esperar de ella lo que se espera de una empresa sin tal condicionamiento. Si esta limitación viene dada por la cortedad de miras de su empresario fundador simplemente le llamaremos negocio; si la restricción viene dada por una autolimitación de corte ideológico, le podremos llamar conjunto de autoempleos o algo similar. En los dos casos es algo lícito y para nada censurable. Para evitar daños a la sociedad en su conjunto alcanzará con que se tenga claro que de ninguna de las dos se puede esperar demasiado en materia de innovación de punta, desarrollo organizacional, crecimiento económico, en definitiva, creación de riqueza. Por otra parte, la creación de riqueza en general está vinculada, cada día más, a tareas complejas por lo que parecería que cuando pensamos en empresas que realmente apuntan a crear riqueza en forma importante, limitar su accionar a tareas de baja complejidad no es una solución. Si por limitaciones en su capacidad de gobierno esa empresa solo puede apuntar a tareas muy primarias, también convendrá considerarla una pseudoempresa, con las connotaciones expresadas unas líneas más arriba.


Glosario

Relación de autoridad: toda relación en la que una parte (el superior) tiene derecho a dirigir, al menos dentro de ciertos límites, el comportamiento de la otra (el subordinado) y a supervisar, controlar y castigar o premiar al subordinado.

Comportamiento oportunista: comportamiento dirigido por el propio interés sin las restricciones impuestas por consideraciones morales o éticas.

Racionalidad limitada: las limitaciones de la capacidad de raciocinio que impiden a la gente tanto prever todas las contingencias posibles como determinar su comportamiento óptimo. La racionalidad limitada puede incluir también las limitaciones del lenguaje que impiden la perfecta comunicación de lo que es conocido.

Equipo de producción: grupo de individuos cuyos resultados individuales dentro de un proceso de producción no pueden ser identificados por separado. Los incentivos individuales deben estar, por tanto, basados en alguna medida del esfuerzo o la diligencia de los trabajadores.

Extraído de Milgrom & Roberts, Economía, organización y gestión de la empresa. Ariel, 1993


[1] Cuando hablamos de empresa no nos referimos a una que solo aspire a mantener los puestos de trabajo. Esto es lícito y válido para el que lo quiera hacer, pero no es lo que se considera empresa, pues una empresa que prioriza su misión interna sobre su misión externa no es precisamente una empresa, a la vez que si la tratamos como tal, seguramente en un cierto lapso de tiempo comience a desarrollar patologías que condicionarán su futuro.

[2] Coase, R. H., The Nature of the Firm, Economica, 1937.

[3] Alchian, A. A. & Demsetz, H, Production, Information Costs, and Economic Organization, American Economic Association, 1972.

[4] Una traducción muy gráfica aunque no muy académica del verbo shirk, que es como se le llama en inglés.

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