El estilo Jack Bauer

Publicado en Café & Negocios


En un episodio de la serie 24 horas, el agente Jack Bauer se desespera mientras observa cómo no lo dejan actuar en el pico de una crisis internacional. Un terrorista ha sido detenido y está siendo sometido a un interrogatorio legal. Se sabe que en cualquier momento habrá un atentado y el detenido es quien puede dar los detalles para evitarlo. Obviamente, lo único que los policías consiguen es que éste se les ría en la cara. El agente Bauer le ruega a su superior que lo deje actuar a él; el ataque es inminente y en su opinión hay que pasar a métodos un poco más expeditivos. Bauer no consigue que lo dejen actuar, pero eso no es impedimento para un súper agente como él. En un momento de desatención ingresa a la sala de interrogatorios, trancando la puerta por dentro para que no lo molesten. Mientras amartilla su pistola, amenaza al detenido para que diga lo que sabe. Sin casi darle tiempo a contestar, ante la mirada atónita del resto de los agentes que observan a través del falso espejo que toda buena sala de interrogatorios ha de tener, Bauer le descerraja un tiro en la rodilla. El herido se retuerce de dolor pero Bauer, inmutable, apunta el arma a la otra rodilla. El final, aunque usted no haya visto la serie, es totalmente previsible. El terrorista “canta” y con esa información Bauer y sus amigos desbaratan el ataque terrorista. Bauer se ha saltado las reglas, ha violado los derechos del detenido, pero gracias a su acción directa se ha logrado un final feliz, se ha evitado la muerte de inocentes y el mundo libre puede respirar tranquilo al menos hasta el próximo capítulo.

El estilo Bauer se puede resumir en la máxima maquiavélica “el fin justifica los medios”. Si la causa es justa, si lo que se busca es algo bueno, si las intenciones son nobles, las acciones que debamos llevar a cabo para alcanzar el objetivo quedan validadas. El problema con el estilo Bauer es que es mucho más común de lo que se piensa. Lo vemos en la empresa, cuando un directivo realiza presiones excesivas sobre sus subordinados para que alcancen las metas presupuestarias; en la política, cuando se defiende que “robar para la corona” es algo necesario si con ello se viabiliza un proyecto de gobierno; en la salud, cuando con el fin de evitar muertes por abortos clandestinos se deja de lado el hecho que los abortados también son seres vivos que merecen ser defendidos.

El gerente que se excede en la presión sobre sus subordinados no es una mala persona. Está convencido que es necesario lograr esos resultados pues de esa forma la empresa irá mejor y todos saldrán ganando. El problema es que al excederse en la presión que aplica, los subordinados se pueden ver inducidos a lograr los resultados por caminos censurables. El político que obtiene fondos a cambio de favores para sostener su campaña electoral cree sinceramente que de ganar las elecciones su plan de gobierno mejorará la condición de vida de los ciudadanos. Sin embargo, su acción contribuye a corromper la sociedad a través  del deterioro del marco institucional. Algo similar sucede con los que promueven el aborto impulsados por evitar desgracias entre mujeres de bajos recursos, aunque no lo deseen, pues nadie lo desea, su acción provoca la muerte de otros seres vivos inocentes.

Solucionar problemas es el reto de la sociedad. Es así desde que el mundo es mundo. Lo que nos va convirtiendo más en personas y menos en animales es el desarrollo de nuestra capacidad de resolver problemas, evitando en lo posible el recurso de “la acción directa”. Y es en esa lucha continua por encontrar soluciones que el mundo se vuelve más humano… o menos. Lo hacemos más humano cuando superamos los desafíos sin provocar nuevos problemas, haciendo el mayor esfuerzo por respetar los derechos de todos a la vez que analizando con detenimiento los “daños colaterales” de nuestras acciones. Es un mal síntoma cuando la discusión para hallar la solución a un problema real se apoya en adjudicar maldad al que propugna una solución opuesta. La maldad, entre las personas sanas al menos, no suele estar tanto en las intenciones, sino más bien en la irresponsabilidad con la que muchas veces se actúa, ignorando los efectos secundarios nocivos de las propias acciones.

El estilo Bauer es característico de las personalidades “adolescentes”. Personas que aunque biológicamente adultas no han logrado evitar la trampa de la adolescencia: no medir la consecuencia de sus acciones. Se encuentra una solución para un problema propio o ajeno, se ve que ese camino es eficaz, y no se piensa más. Si la acción tuvo efectos secundarios dañinos, se encoge de hombros y contesta “esa no era mi intención”, y tan tranquilo se olvida del asunto. Es necesario estar atento para no caer en esta trampa y para ello hay que entrenarse. Hay que acostumbrarse a pensar más detenidamente acerca de si no hay una alternativa B o C, a profundizar acerca de cómo evitar dañar a unos mientras se favorece a otros, a no obsesionarse con el corto plazo de forma tal que de no prever como estamos afectando el futuro no tan cercano, a aceptar que muchas veces los problemas más acuciantes no admiten soluciones inmediatas.

Si en el siglo XXI tenemos un mundo más humano, una sociedad más justa, un entorno más civilizado es debido a que a lo largo de los siglos ha habido muchas personas que no han seguido el estilo Bauer. Han podido evitarlo gracias a mucho trabajo, cantidad de horas de estudio, paciencia, ingenio, a una gran capacidad de coordinar con los que pensando diferente tienen, muchas más veces de lo que se cree, objetivos similares. En su camino, han sufrido el ataque de los partidarios de “la acción directa”, esa que con tanta facilidad convoca a las masas con mensajes simples, directos, mediáticos, eficaces, pero en general enormemente ineficientes. Nada relevante para el futuro se logra sin esfuerzo, de hoy para mañana. Las grandes crisis de la humanidad no se salvan gracias a los Jack Bauer(s), en realidad, ellos son los que las crean.

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