Por los frutos los conoceréis

Publicado en Café & Negocios


La pobreza, la existencia de personas y familias pobres, es algo intrínsecamente malo. Esta realidad es tan dañina que cualquier esfuerzo por erradicarla debe contar con el apoyo irrestricto de todos los ciudadanos, no importa su filiación política o ideológica. Pero por tratarse de un mal tan radical hay que estar atentos y no cometer un error muy común: apoyar cualquier iniciativa que “declare” querer eliminarla, sin darse cuenta que quizás se esté apoyando a unos emboscados que promueven el efecto opuesto.

En el mundo de los malos políticos se encuentran los primeros infiltrados. El asistencialismo liso y llano, más conocido como “dar pescado en lugar de enseñar a pescar”, si bien necesario en circunstancias muy extremas, puede convertirse en un reproductor de miseria. Los que alertan sobre esto lo ejemplifican señalando la vecina orilla. Sin demasiado trabajo muestran cómo un gobierno populista mantiene una masa de indigentes, si son ignorantes y analfabetos mejor, con el fin de asegurar votos cautivos, debido a las ayudas sociales que perciben en forma cuasi salarial. Como contrapartida, estos modernos sans coulottes, aportan no sólo los votos, sino también una fuerza de choque para movilizaciones, aprietes, asonadas y claque en general. Terrible visión, que si no fuera por que se la percibe al otro lado del Plata, el ciudadano común descartaría como más propia de la Italia de los años veinte o de la Alemania de los primeros treintas.

La segunda alarma la encontramos en el mundo de los malos empresarios. Si bien la flexibilidad laboral es una condición generadora de empleo, cuando se la lleva al extremo que no atiende circunstancia locales concretas, puede producir efectos secundarios nocivos. Así podría ser la aparición de “un ejercito de desocupados” que funcione como válvula de ajuste para las imperfecciones del mercado. Algo así como una bolsa de desempleados que son llamados al trabajo cuando la economía se recalienta y los salarios tienden al alza, amenazando la competitividad, a la vez que son descartados cuando la demanda se retrae y es necesario salvar a las empresas y sus resultados.

Por último, la tercera alerta proviene del mundo de las organizaciones sociales. Tanto los innumerables organismos internacionales como las dependencias gubernamentales, si bien en principio merecen ser respetadas por la lucha contra la pobreza, también exigen de parte del ciudadano responsable una mirada crítica, no negativa. Juan Pueblo, que siempre sorprende con un sentido común bastante más desarrollado de lo que se le atribuye, comienza a sospechar si algunas de estas organizaciones “de ayuda” no estarán, en primer lugar, ayudándose a sí mismas. ¿Pasan estas organizaciones la prueba de la eficiencia? ¿Qué proporción de sus presupuestos llega al destinatario de la ayuda y cuánto se va en mantener la propia estructura? ¿Cuán buenos, para los beneficiarios, son los contenidos concretos de sus acciones? Hay organizaciones internacionales, que a la vista de la forma en que impulsan el aborto o hasta la esterilización entre los más débiles, parece que más que querer que los “pobres” dejen de serlo, solo aspiran a que haya menos “pobres”, que no quiere decir lo mismo aunque pueda parecerlo.

La pobreza es un asunto muy delicado. Hay pocas cosas peores que ella pues la pobreza impide que las personas se desarrollen integralmente y aspiren a una vida digna y productiva para ellos y sus familias. Es mala para los negocios pues los buenos empresarios saben que una empresa sana no puede desarrollar todo su potencial en una sociedad enferma; es rechazada por los buenos políticos pues –aparte de mostrar un fracaso de cara al bien común– saben que tarde o temprano, esos ejércitos de necesitados terminan comiéndose a sus creadores.

Sin lugar a dudas, al ciudadano medio, ese al que hasta algunas décadas atrás ni se le ocurría que en la sociedad uruguaya los pobres eran algo más que un sub grupo marginal al cual había que sacar de la indigencia, tales visiones le parecen aberrantes, y se niega a aceptarlas como algo más que eso. Pero por más rechazo que actitudes tan mezquinas le provoquen, es necesario que se mantenga, que nos mantengamos, alerta ante estos quinto columnistas. No es difícil distinguirlos. Hay síntomas claros que los delatan. El más significativo va por el lado de la frase evangélica “… por los frutos los conoceréis…”. Hay que estar atentos, con eso alcanza.

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