La clave: Presionar a los que enseñan

Publicado en Café & Negocios


Unos años atrás, durante el diseño de la carrera de ingeniería telemática de nuestra universidad, se invitó a un grupo de empresarios del sector TI para solicitarles su opinión acerca de los planes de estudio. Estas reuniones permitieron ajustar muchos detalles que desde la perspectiva académica aislada quizás no hubiera sido posible percibir. Al finalizar la última reunión, uno de los profesores preguntó, ¿qué curso o disciplina deberíamos agregar o profundizar para que los ingenieros que van a egresar de esta carrera les permitan a sus empresas quintuplicar las exportaciones? Quizás el profesor pensó que la respuesta estaría dirigida a una tecnología en particular, seguramente en pleno desarrollo en la India o Estados Unidos. Pero la respuesta no fue por ahí. El empresario que tomó la palabra, con seguridad y sin dudar, contestó que no había que preocuparse por las tecnologías, que lo que se estaba dando era suficiente. Palabras más, palabras menos, su respuesta fue si nos quieren ayudar a crecer, lo que nuestras empresas necesitan es que les exijan mucho, que se acostumbren a esforzarse y vencer dificultades, que desarrollen un carácter ganador, para que cuando en la empresa les ofrezcamos hacerse cargo de grandes desafíos, de ir a otros países a abrir mercados o liderar un grupo de trabajo, no les asuste hacerlo y sean capaces de asumir la responsabilidad. Ese es el recurso escaso para nuestro crecimiento. Una cita de Louis Gerstner[1], presidente de IBM, apunta en el mismo sentido, nosotros podemos enseñar a los estudiantes cómo hacer comercialización. Les podemos enseñar a interpretar balances. Lo que nos resulta muy difícil es tener que enseñarles a leer y a calcular, a comunicarse y a pensar.

Lo que estos empresarios están pidiendo, aquí y en Norteamérica, es que las instituciones educativas se concentren en lo fundamental, que no es ni más ni menos que educar. La transmisión de conocimientos, aunque necesaria e imprescindible, es sólo una parte de lo que el sistema formal de educación está obligado a hacer. En esa transmisión ha de asegurarse que se cumpla un proceso educativo que pasa por desarrollar actitudes, y en el fondo virtudes, que serán las que al final le permitirán al alumno convertirse en una persona que hace y crea, que asume responsabilidades y que se esfuerza, que siente miedo y lo vence. Si será real este riesgo que ya Platón alertaba cuando los padres se habitúan a dejar hacer a los niños… cuando los maestros tiemblan frente a sus alumnos y prefieren halagarlos, cuando los jóvenes desprecian la ley porque no reconocen nada más allá de ellos mismos, entonces es el comienzo de la tiranía. Por algún motivo que no viene al caso en este momento, a partir de los años sesenta mucha gente buena erró al creer que los valores fundamentales de siempre habían caducado. Así los pseudo-modernos (si Platón ya percibía el problema hace 2400 años, ¿de qué otra forma llamarlos?) comenzaron a militar en contra de la educación que hacía sana a una sociedad. Y así nos fue.

Estas líneas son muy claras en cuanto a la responsabilidad de maestros e instituciones. También los padres tienen que ser concientes de la parte que les toca, reflexionando sobre la dura amonestación que Riley les hace si todos los padres cumplieran con su deber patriótico de dedicar media hora a ayudar a sus hijos a aprender más –cada día y todo los días–, la educación experimentaría una transformación revolucionaria. Más aún, no sólo dedicar esa media hora, sino exigir a los educadores que exijan a sus hijos como cada uno de ellos tiene derecho a hacerlo. A menos que los padres hagan suya esta meta y estén dispuestos a presionar a los que enseñan, nada se logrará. Es imprescindible mostrarles, en forma inteligente y creativa, que como padres tienen que volver a agarrar el timón de la educación de sus hijos. Quizás haya padres que no sean capaces de comprender el desafío. Pero cuando del futuro de un hijo se trata, hasta el más ignorante puede ser movido a actuar. Es cuestión de intentarlo con inteligencia.


[1] En adelante, las citas pertenecen a La Tragedia Educativa; Guillermo Jaim Etcheverry, 1999.

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