Pobres pero no estúpidos

Publicado en Café & Negocios


GrameenPhone es una empresa de telefonía móvil con más de 20 millones de abonados en la lejana Bangladesh. La antigua Bengala, conocida por algunos por ser la patria del filósofo Tagore y del premio Nobel Yunus, por otros gracias a la voz de Joan Baez, y por todos por su condición de pobreza extrema, no parece ser a priori un lugar ideal para emprendimientos de empresas tecnológicas.

En 1997, año en el que se fundó GrameenPhone, solo cuatro de cada 1.000 habitantes tenían acceso al servicio telefónico. Apenas seis años después, más de 50 millones de habitantes accedían al servicio a través de un modelo de negocios revolucionario. La idea de Iqbal Quadir, fundador de GrameenPhone, se basó en fomentar el espíritu emprendedor de los habitantes de ese país. Esto lo hizo a partir de microcréditos del Grameen Bank a emprendedores potenciales –en su mayoría mujeres– para que adquiriesen un teléfono celular y, con él, vendieran servicios de locutorio a sus vecinos.

Más revolucionaria que la propia idea de negocio es la lección que Quadir saca de su experiencia. En una entrevista publicada en la Harvard Business Review, Quadir afirma que es más probable que los países pobres salgan de su miseria si se invierte en sus capacidades de emprender que si se continúa canalizando ayuda económica y créditos blandos a través de los gobiernos. El argumento de Quadir pasa por reconocer que el dinero que llega a las manos de los emprendedores se canaliza hacia la creación de puestos de trabajo, crecimiento económico y, necesariamente, mejor calidad de gobierno. Y esa mejor calidad de gobierno favorecerá el crecimiento económico con justicia y equidad. ¿Suena ingenuo? Veamos su lógica.

La posibilidad de ser dueño de un instrumento productivo, la necesidad de cuidar la inversión y hacerla rentable hacen que el pequeño emprendedor presione para que el Estado establezca reglas de juego justas. En palabras de Quadir, se trata de favorecer el poder de los ciudadanos con el fin de contrarrestar la coerción intrínseca del gobierno. No importa que el gobierno sea democrático, autoritario o monárquico. La tendencia de todo gobierno, si no se lo limita o él mismo no se preocupa por autolimitarse, es hacia la coerción del ciudadano común, incluso a través del asistencialismo que nada exige a cambio. No hay que escandalizarse; Madison, un demócrata libre de toda sospecha, clamaba por un sistema de checks and balances, mientras que nuestro prócer Artigas, unos miles de kilómetros más al sur, nos recordaba que es muy veleidosa la probidad de los hombres. La originalidad del mensaje de Quadir no es que un buen sistema de gobierno necesita de un contrapeso de poderes. Eso nadie lo discute. Lo interesante es que, según él, la mejor forma de lograr que tales contrapesos se desarrollen es fomentar la capacidad de invertir y emprender de la mayor parte de los ciudadanos.

En una ocasión, conversando con un docente de Los Pinos –emprendimiento social en San Martín y Capitán Tula– escuché sorprendido cómo impactaba la práctica del ajedrez en la actitud de los alumnos. Según este profesor, la mayoría de los chicos que allí concurren no tienen la capacidad de pensar en algo que no sea inmediato. Para ellos todo se vive hoy, en el instante. Como ejemplo, me señalaba que es común que el dinero que obtienen en un momento dado sea consumido al instante; sin pensar en alternativas que exijan privarse de su uso inmediato. Al jugar al ajedrez, intentan comer todas las piezas que pueden, sin importar si al comer un peón con la reina ésta se pierde en la jugada siguiente. Algunos días después, luego de morder el polvo de la derrota reiteradas veces, comienzan a actuar en forma más previsora. Renuncian a la satisfacción fácil pues comprenden que es mejor “sacrificar ese placer inmediato” para luego no perder la reina. Y llama la atención cómo los más “veteranos” aconsejan a los novatos impulsivos; y comienzan a descubrir el concepto de “inversión”.

La moraleja es simple: la gente no es estúpida, aunque sea pobre, aunque no tenga educación. Los comportamientos suelen ser mucho más racionales que lo que muchísimos voluntariosos bienintencionados creen.

Un ciudadano es un sujeto con derechos y deberes. Si solo tiene deberes, en vez de ciudadano es un esclavo. Si solo tiene derechos, en vez de de ciudadano es doblemente esclavo, pues será imposible que ejerza esos derechos con el convencimiento interior de que se los ha ganado y, poco a poco, se irá conformando con el viejo y peligroso “pan y circo”.

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