Responsabilidad: un destino manifiesto para los empresarios 

Publicado en Revista Hacer Empresa


La responsabilidad social de la empresa, la CSR por sus siglas en inglés o la RES (responsabilidad de la empresa en la sociedad) como la llamaremos en este artículo, es ya una realidad que podrá gustar o no, pero con la que hay, y habrá cada vez más que convivir.

Si hasta la Segunda Guerra Mundial el relacionamiento entre la empresa y la sociedad era el típico de la Revolución Industrial, la segunda mitad del siglo pasado fue testigo de una nueva relación. Mayores demandas sociales, no sólo vinculadas al medio ambiente sino también al trato con la fuerza laboral han venido resultando en un acercamiento hacia un vínculo mucho mayor que permite pensar en nuevos desafíos pero que también exige estar atentos a un sinfín de errores que todo nuevo marco de convivencia puede generar. ¿Hacia dónde vamos con la RES?, ¿A dónde podemos llegar?, ¿Cuán lejos estamos aún? Para contestar estas preguntas, las relevantes sin duda, es necesario antes comprender de donde venimos. Entender los hitos pasados nos puede permitir, analogía mediante, aplicar un modelo de regresión que nos muestre la dirección que estamos transitando. Y conocer esta tendencia será la mejor forma de adivinar el futuro que podemos esperar.

De los lejanos cincuenta a nuestros días[1]

Comenzamos nuestro relato con un hecho que sucedió al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, la mayoría de los economistas esperaban un freno en la expansión económica de los países vencedores. En lugar de suceder eso, la economía continuó un ciclo expansivo que catapultó a las grandes empresas a un sitial que nunca antes habían detentado. En una época en que la propiedad del capital permitía lograr, salvo una muy mala gestión, unos resultados económicos muy significativos, no eran infrecuentes actitudes sanas y benévolas. El empresario “donaba” parte de sus ganancias a personas u instituciones que, según su saber y entender, lo necesitaban. Estas donaciones o contribuciones no tenían ningún nexo con la estrategia de la empresa. Tampoco existía relación entre la marcha del negocio, las habilidades de la empresa, sus ventajas comparativas y las acciones asistencialistas[2]. Es en ese contexto que Bowen[3] plantea la RES como la obligación del directivo de empresa de perseguir políticas, tomar decisiones y seguir líneas de acción deseables para los objetivos y los valores de la sociedad.

La idea de Bowen responde a una sensibilidad latente en esa época, la cual tiene que ser comprendida en el entorno de los comienzos de la Guerra Fría. Son los años en que parte del sector intelectual de las sociedades desarrolladas comienza a abogar para que el empresario lleve a la acción aquellas decisiones empresariales que provoquen sinergias positivas con los objetivos sociales. No es extraño que los empresarios se hayan visto agredidos por esta intromisión, en gran parte acusándola de “marxista” –que en ocasiones efectivamente lo era–, ya que en ese momento la libertad del empresario, en el mundo desarrollado, era total. Pero esa libertad o ausencia de instancias de rendición de cuentas se apoyaba en pilares débiles. La sociedad y los gobiernos en general se comportaban de una forma tal que la empresa privada encontraba facilidades enormes para su desarrollo. En algunos casos, este desarrollo se apoyaba en planes desarrollistas o incluso en sistemas de subsidio entre los cuales el Plan Marshall fue el más notorio. Si la empresa recibía tanta “ayuda” para incrementar sus beneficios y su dimensión, ¿tenía derecho a comportarse como si no le debiera nada a nadie?

Los años sesenta son testigo de la aparición de empresas más poderosas que muchos estados a la vez que se vuelve evidente que el poderío industrial y la acumulación de capital ha desarrollado a un nuevo agente en la sociedad. Una persona que desde la cosa privada influye en la configuración de la cosa pública. No es extraño que esta tendencia coincida con los períodos de descolonización en países africanos. Es allí donde muchas empresas multinacionales dejan en evidencia su posibilidad real de configurar la sociedad. Si un empresario tiene poder, ya sea en dinero, tecnología, accesos a mercados, es razonable que la sociedad se sienta con autoridad para reclamarle más, pues en sus manos está canalizar ese poder que gobiernos e instituciones civiles no poseen.

Ahora veamos la otra cara de la moneda. Si la sociedad percibiera que la empresa no usa ese poder para el bien de la comunidad, la reacción natural habría de ser el ataque y el rechazo a la empresa mercantil. Repasemos con la memoria los discursos incendiarios de aquellos años. La empresa se presenta como un agente dañino para la sociedad. Como un ente depredador, que no crea riqueza o, si la crea, sólo aquella que podrá capturar para si. Son los años de la CEPAL, de Raúl Preibisch, de temas musicales que llaman a “desalambrar” y a socializar los medios de producción. Esta fue la segunda alternativa, si el empresario no convence de que su poder, nunca tan grande antes, es para el bien de la sociedad, entonces la sociedad luchará por destruir ese poder, lo que termina cerrando un círculo en el que o los empresarios influyen de una forma constructiva en la sociedad o terminan generando las condiciones para la aparición de agentes antagónicos.

Es en este contexto que en 1960 Davis[4] formuló lo que él llamó La Ley de Oro de la Responsabilidad, que sostiene que la responsabilidad social de los empresarios debe ser acorde al poder social de las empresas. Se comienza a argumentar que los instrumentos de producción han de ser utilizados de una forma tal que incremente el desarrollo de la sociedad en el que esos medios están insertos, criticando que sólo sean usados para fines exclusivos de su propietario (Frederick[5], 1960). Los sesenta dan a luz la idea, radical en aquellos tiempos, de que la empresa está integrada al sistema social y por lo tanto es necesario que la misma actúe considerando el impacto de sus acciones en la sociedad toda. Esta idea conlleva el corolario acerca de negar la actuación de la empresa como un ente aislado de su entorno. Frases como “con mi empresa hago lo que quiero” comienzan a perder sustento y a verse como una reacción destemplada ante el cambio de paradigma.

Viene aquí a cuento la anécdota, quizás apócrifa pero igual válida, de aquel empresario que estaciona su Mercedes Benz reluciente en la luz roja de un semáforo y se encuentra con un pordiosero que le pide algo de dinero. Su respuesta, destemplada, andá a trabajar, yo con mi plata hago lo que quiero y no estoy para mantener vagos. Un par de días después, la escena se repite en el mismo semáforo, pero esta vez el mendigo no pide nada sino que con una moneda de un peso comienza a rayar, muy lentamente, como quien hace algo con derecho, la puerta del Mercedes. El conductor, azorado, le grita ¡Hijo de p…, qué hacés con esa moneda! A lo que el otro le contesta, sin levantar la voz, yo con mi plata también puedo hacer lo que quiero.

En 1971 surge un nuevo concepto que significa un avance importante en la búsqueda de una definición de la RES. Utilizando la analogía de los círculos concéntricos[6] se definen tres dimensiones secuenciales: primero, sea eficiente en las operaciones, generando el mayor beneficio posible y cumpliendo con sus empleados; luego, avance un paso más desarrollando una conciencia acerca de los valores y prioridades sociales (medio ambiente, necesidades de los empleados, clientes, información). Por último, una vez logrado lo anterior, intente ser agente de cambio y descubrir la forma de anticiparse a los problemas sociales que vendrán, involucrándose así en mejorar la calidad y el ambiente social. Es bien sabido que en materia de management, todo viene del Norte. Por ello es importante comprender lo que estaba sucediendo en esos años. Los Estados Unidos se encontraban en uno de los momentos más depresivos de su historia. Son los años del fracaso en Vietnam, el surgimiento del antihéroe, la sensación de derrota a manos de las importaciones japonesas, problemas de desocupación en algunos sectores industriales. Son años que muestran que la empresa no es invulnerable, que si se trabaja mal o de espalda a la realidad, tarde o temprano hay que pagar la factura. Y muchos empiezan a reaccionar. Lo primero que se le pide a la empresa es que actúe responsablemente en sus operaciones. No hable usted de ayudar al prójimo si primero no se ayuda a usted mismo. Es necesario ser eficiente en las operaciones para, como mínimo, no ser una carga para los demás. Una vez que lo ha logrado, avance hacia el siguiente círculo y así sucesivamente.

Los años setenta cierran con una nueva definición que se plantea en forma de ecuación[7]:

RES = responsabilidades económicas + responsabilidades legales + responsabilidades éticas + responsabilidades filantrópicas

En un artículo publicado en 1984, cuyo título es por demás sugerente –The New Meaning of Corporate Social Responsability–, Drucker es el primero que llama la atención acerca de que si el fin de una empresa es satisfacer necesidades reales, lo más lógico es que la empresa analice los problemas sociales e intente resolverlos a través de crear valor agregado. Las necesidades insatisfechas de la sociedad serían la base de datos en las cuales las empresas tendrían que buscar las nuevas oportunidades de negocio. Aquí tenemos un salto cualitativo importantísimo. Ya no se trata de que la RES sea algo adosado a la vida de la empresa. Es en su gestión eficiente y profesional, en su creación de valor satisfaciendo necesidades reales, que la empresa mostrará un actuar responsable. No se trata de que la empresa vaya por la vida oteando el horizonte para ver donde hay una “acción buena” a realizar. Se trata de integrar a la vida diaria un accionar íntegro que trasciende una ética de límites. Lo ético pasa a ser trabajar bien, ser útil, servir a la comunidad a través de su naturaleza específica: generar valor. Un ejemplo más sencillo: el médico cumple con su responsabilidad social siendo un buen médico que soluciona problemas reales de sus pacientes. Si como médico se dedica a enseñar artesanías a unos menesterosos mientras descuida su formación profesional o sus deberes en la clínica, estará actuando como un gran irresponsable, aunque sus intenciones sean nobles. Aunque con esa “acción social” se sienta “bien”.

Es en ese mismo año que Freeman[8] lanza su teoría del stakeholder (incumbente). Según esta teoría la empresa se relaciona con la sociedad a través de vínculos con grupos de stakeholders, entendiendo por estos a cualquier individuo o grupo que puede afectar o es afectado por el logro de los objetivos de la empresa. La empresa, según esta teoría, no sólo ha de considerar los intereses de los accionistas –un stakeholder en particular– sino los de todos los stakeholders relacionados de una u otra forma con la empresa. La dirección de la empresa debería actuar respondiendo a los intereses de estos grupos. Esto debería hacerlo atendiendo a los “derechos” particulares de cada uno de ellos. En primer lugar se identifican a los llamados stakeholders primarios, aquellos sin cuyo concurso la empresa no puede sobrevivir: accionistas, inversores, empleados, clientes y proveedores. En un segundo nivel están aquellos grupos de incumbentes que no participan de las operaciones de la empresa pero que se ven influidos por las acciones de la empresa a la vez que tienen, de una u otra forma, capacidad de influir sobre ella. Las ONGs y los medios de prensa son un típico ejemplo de este segundo nivel. Los gobiernos y las comunidades, tanto sean nacionales como locales, forman un tercer nivel de stakeholders que no sólo determinan normas y regulaciones que han de ser cumplidas sino que  son los que en última instancia influyen decisivamente en el entorno, en los mercados y en la infraestructura en la cual se apoya la actividad de la empresa. Es también en esta década que se comienza a sentir con fuerza la necesidad de un desarrollo sustentable en lo que hace al medio ambiente. No puede dejarse de lado la destrucción del medio ambiente en aras de una creación de valor y satisfacción de necesidades que condiciona el desarrollo futuro y es así que aparece un nuevo stakeholder que se suma a los otros grupos con algo que reclamar a la forma en que es gobernada la empresa. Si bien el desarrollo sustentable es algo que nadie puede criticar, es importante tener en cuenta lo que se entiende por ello. Según la Brundtland Comisión Report[9], es el desarrollo que satisface las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus necesidades.

Como hemos venido viendo en esta breve reseña histórica del concepto de RES, su evolución es coherente con los sentimientos y las tendencias político–sociales que enmarcan cada década. Es así que se entiende mucho mejor la fuerza con que este nuevo stakeholder irrumpe en escena si atendemos al hecho más significativo de los años ochenta: la caída del Muro de Berlín en 1989, símbolo de la caída mucho mayor de los sistemas marxistas europeos. La desazón de los seguidores de tales utopías así como el vacío ideológico de la propuesta de muchos políticos profesionales europeos entra aquí en escena. Lo hizo con el lanzamiento de los partidos verdes, en los cuales encontraron un nuevo caballo de batalla para su guerra anti mercado, lo que se tradujo en un notable impulso para la consideración del medio ambiente como un nuevo nirvana por el cual luchar.

En 1991 Wood[10] define el desempeño social de la empresa (Corporate Social Performance) y potencia toda una línea de trabajo acerca de medir los resultados corporativos desde una óptica mucho más amplia que la simple rentabilidad para el accionista. Los conceptos de balance social, auditoría social, triple botton line operativizan esta línea de trabajo. Pero quizás el avance más significativo de los años noventa es la noción de ciudadanía corporativa (Corporate Citizenship). Se la ha definido como una responsabilidad empresarial insertada dentro de una sociedad más amplia, basada en el concepto de derechos que son muy similares a los ciudadanos y que por lo tanto implica deberes[11].

Como ciudadano puede limitarse a cumplir con la ley y las costumbres o puede volverse un ciudadano comprometido que se involucra en los problemas de la sociedad. A modo de cierre de esta larga evolución vamos a citar el concepto de contrato social. En 1999 Donaldson & Werhane[12] argumentan que, dado que la empresa no podría existir si no contaba con una sociedad a su alrededor en la cual insertarse, es necesario que se considere que existe un contrato social entre la empresa y los componentes de la sociedad. Este contrato implícito establece ciertas reglas de juego que trascienden las leyes y normas de obligado cumplimiento. Como mínimo debería cumplirse que la existencia de la empresa genere a la sociedad un saldo positivo si consideramos los beneficios y externalidades positivas comparados con los perjuicios y las externalidades negativas.

De la práctica a los fundamentos

Hasta aquí se ha presentado una evolución histórica parcial que pretende ubicar al lector en lo esencial del fenómeno que nos convoca. Es bien sabido que cuando una persona se encuentra inmersa en un proceso de cambio suele tener grandes dificultades para percibirlo pues sólo va viendo los pequeños cambios del día a día y no consigue la suficiente perspectiva para comprender el fenómeno en su totalidad. Habiendo hecho el mayor esfuerzo para situar al lector en una posición capaz de comprender el cambio de paradigma que estamos pariendo, llega el momento de fundamentar la validez de la RES.

La piedra angular: la responsabilidad[13]

Para comprender la RES la clave es el concepto de responsabilidad. Hay que ser –actuar– responsable. Hay que serlo en todos los órdenes de la vida: como padre, hijo, estudiante, empresario, empleado, político o militar. ¿Se trata de un axioma? –me preguntó un alumno hace pocos días–. No, no lo es, fue mi respuesta. ¿Es una generalización que realizamos a partir de un proceso inductivo? Tampoco. La necesidad de actuar responsablemente surge de un proceso deductivo que trasciende la lógica de las mayorías y de las modas. Hay que actuar responsablemente aunque nadie más lo haga. Hay que ser responsable, aunque como me increpó otro alumno, ¡mirá lo que hacen los sindicatos! Las cosas que corresponde hacer se hacen por eso mismo: porque hay que hacerlas.

Ahora bien, ¿por qué debemos ser responsables? Es posible que algunos lectores se extrañen de esta pregunta. Responsable se ha de ser, ¿qué más sino? se dirán con perplejidad. Sin embargo, muy probablemente hay otros lectores que entiendan necesario una justificación a esta exigencia y si un esfuerzo en este sentido puede aportar algo a la clarificación de lo que es la responsabilidad de la empresa en la sociedad, tal esfuerzo vale la pena. Concedamos entonces que si es cierto que ser responsable es un deber, deberíamos poder demostrarlo con un razonamiento deductivo que deje de lado cualquier duda acerca de su urgencia.

Partamos de un punto con fácil consenso: existimos para vivir en sociedad. Salvo que usted tenga vocación de anacoreta en medio del desierto –lugar que por otra parte le va a resultar complicado encontrar en nuestro país–, a menos que se pare de espaldas al mar en Cabo Polonio en una fría tarde de agosto, vivir en sociedad es un destino innegable para cualquiera que esté leyendo este artículo. Para todos, entonces, la vida es un fenómeno social. Como tal exige una vida en sociedad, de interacción con el resto de los semejantes, basada en normas, usos, tradiciones que conforman un paquete de derechos y obligaciones. Viviendo en conjunto no tenemos forma de evitar estar “obligados” a una serie de cosas para que el fenómeno social sea “vida social” y no “guerra civil”. Veamos un ejemplo sencillo. Estamos obligados a conducir por la derecha ya que si no respetamos ese deber, tarde o temprano –más lo segundo que lo primero– terminaremos provocando un daño a otro miembro de la sociedad. Por la misma razón, tenemos derecho a exigir –a esperar– que ningún otro conduzca por la izquierda. Este ejemplo debería ser suficiente para aceptar que, en sociedad, vivimos de acuerdo a un inventario de derechos y obligaciones y que es bueno para la sociedad que cada uno “responda” a lo que se espera de nosotros como miembro de esa sociedad; que cumplamos nuestras obligaciones y exijamos nuestros derechos. Este “responder” no es más que actuar con responsabilidad. Hasta aquí hemos deducido lógicamente que es “bueno”, “deseable” que las personas actúen responsablemente.

Avancemos un paso más, ¿dónde encontraremos ese listado de derechos y obligaciones? Existe un primer listado objetivo: el sistema de leyes y normas de cumplimiento coercitivo. Esto es algo así como el mínimo necesario para convivir en paz. Es obvio que el hombre responsable no se puede contentar con tan poco, ni siquiera con un manual ajustado a su profesión u oficio. Tales normas objetivas, de existir, habrán de incluirse en el inventario, pero no alcanza. Esta insuficiencia de las normas objetivas es la que lleva, un día sí y otro también, a que haya quien se pregunte: si no hay norma objetiva a la cual responder, ¿es esta responsabilidad algo subjetivo? Si es así, continúa su pregunta retórica, ¿cómo ser responsable si tal comportamiento está subjetivamente condicionado a mi parecer? necesitamos introducir un nuevo concepto imprescindible para la argumentación que venimos desarrollando: el principio de subsidiariedad.

El principio de subsidiariedad

Este principio, enunciado en la segunda mitad del siglo XVIII por la Doctrina Social de la Iglesia Católica supone una firme defensa de la libertad y la autonomía personal y social frente a estructuras sociales superiores. En él se expresa que la dignidad humana exige respetar la máxima libertad posible de personas y grupos sociales. (Ver el Cuadro 1)

Una forma más figurativa puede ser considerarlo el principio del “primero en la fila”. Veamos nuevamente un ejemplo casi trivial. ¿Quién es el primer responsable de la educación del niño? Si piensa que son los padres, su respuesta es sólo en parte correcta. La respuesta válida es: el propio niño. Pero como el niño no está preparado –por su edad y madurez– para asumir esa responsabilidad innata a él, los que quedan “primeros en la fila” son los padres. Por lo tanto, subsidiariamente a ellos les toca ocuparse del deber de la educación del niño. No debería olvidarse que esta obligación, por subsidiaria, cesa cuando el hijo ya no es más niño y continúa su educación en la universidad. En ese momento él mismo, como el directamente involucrado que es, está en condiciones, o debería estarlo, de asumir tal deber. Si el niño menor de edad fuera huérfano o sus padres lo hubieran abandonado, ¿quién es el primero en la fila? Un abuelo, un hermano mayor, un tío, un vecino… hasta llegar al Estado. A medida que el que va quedando primero en la fila no responde –no actúa responsablemente– hace caer la responsabilidad moral en el siguiente y lo expone a responder con responsabilidad.

Volvamos ahora a la RES. Actuar responsablemente en la empresa es necesario y de no actuar así se desprenden consecuencias negativas para la sociedad en la que se convive. Cuáles son esas responsabilidades es algo subjetivo en la mayoría de los casos. Pero no subjetivo si por ello entendemos “todo vale” o “lo que me parezca”. Se trata de una responsabilidad subjetiva pues las obligaciones que tenemos en cada momento están definidas por una serie de circunstancias propias del sujeto que está obligado a responder (Ver Cuadro 2). Será el respeto al principio de subsidiariedad el que posibilitará la existencia de un criterio suficiente que permita discernir si nos encontramos ante una obligación propia o subsidiaria y si, por lo tanto, nuestro actuar responsable se convierte en un derecho –desde un punto de vista moral, volvemos a recordar– para el resto de la sociedad.

En síntesis, lo de la RES va en serio. No es más que extender un concepto aceptado en otros órdenes de la vida a la actividad empresarial. Pero cuidado, de la misma forma que ser un conductor responsable no se agota en revisar el aire de los neumáticos y el líquido de freno antes de emprender un viaje –aunque hay que hacerlo–, ser un empresario responsable no se agota en reservar unos tantos puestos de trabajo para mujeres en condición de madres solteras. Es apenas el comienzo y hay que estar atentos para no caer en un formalismo estéril que reduce lo mucho que una actitud empresarial responsable puede hacer por una sociedad fuerte, sana y desarrollada.

Cuadro 1

El principio de Subsidiariedad

Este principio dice que una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común. El principio de subsidiariedad intenta armonizar las relaciones entre individuos y sociedad respetando la máxima libertad posible. Es un principio de buen gobierno en todas las realidades humanas, pues el hombre se dedica con mayor empeño a lo que considera propio y cercano. Este principio incluye tres elementos: a) no interferir en la vida de grupos sociales inferiores, ni absorberles en lo que puedan hacer por sí mismos; b) sostener y ayudar a los grupos inferiores para que puedan realizar aquello de lo que son capaces; este segundo elemento viene a potenciar a los grupos inferiores, dándoles el soporte necesario y es precisamente este aspecto lo que da nombre a todo el principio, ya que, en tiempo de los romanos, el subsidium era el apoyo que se daba desde la retaguardia a las líneas de vanguardia; c) coordinar la acción de los grupos inferiores, siempre con vistas al bien común de la sociedad, considerando la supletoriedad, en la que el grupo superior suple al inferior en aquello que este último sea realmente incapaz de hacer (incluso con apoyo) y que sea necesario para un funcionamiento de los grupos sociales o para otros aspectos del bien común[14].


[1] Este apartado está basado en su casi totalidad en el capítulo 1 –M. Paladino & A. Milberg– del libro La Responsabilidad de la Empresa en la Sociedad, Ariel Sociedad Económica, 2004. Más allá del agradecimiento a los autores que han consentido en dejarse “plagiar” para colaborar con este artículo, la formulación final de los enunciados y propuestas corre por cuenta del autor y cualquier error u omisión es de su exclusiva responsabilidad.

[2] Forma de acción social dirigida a dar respuesta a los efectos y consecuencias de problemas y necesidades sociales, sin actuar necesariamente sobre sus causas. Véase http://www.enredalicante.org/glosario.html

[3] Bowen, H.R. (1953), Social Responsabilities of the Businessman, New York, Harper & Row.

[4] Davis, K. (1960), Can Business Afford to Ignore Social Responsabilities? California Management Review, primavera 1960, n. 2, pp. 70 – 76.

[5] Frederick, W.C. (1960), The Growing Concern Over Business Responsabilities, California Management Review, primavera 1960, n. 2, pp. 54 – 61.

[6] Enunciado por el Committee for Economic Development (CED), Nueva Cork, 1971.

[7] Carroll, A. B. (1979), A Three – dimensional Conceptual Model of Corporate Social Performance, Academy of Management Review, n. 4, pp. 497 – 505.

[8] Freeman, R. E. (1984), Strategic Management: A Stakeholder Approach, Boston, Pitman.

[9] Brundtland Comisión Report, (1987), World Comisión on Environment and Development, “Our Common Future”, NY, Oxford Univ. Press.

[10] Word, D. J. (1991), Corporate Social Performance Revisited, Academy of Management Review, n. 16, vol. 4, pp. 691 – 718.

[11] McIntosh , M.; Leipzegen, D.; Jones, K. & Coleman, G. (1998), Corporate Citizenship – Successful Strategies for Responsable Companies, Financial Times Management, London.

[12] Donaldson, T., & Werhane, P. (1999), Ethical Issues in Business citado en La Responsabilidad Social de la Empresa, M. Paladino, (2004), ya citado.

[13] Este apartado replica un artículo breve publicado en Sócrates, la newsletter del IEEM, que se encuentra en su sitio web www.ieem.edu.uy/socrates con fecha 10/11/06 bajo el título La RES nuestra de cada día.

[14] Este párrafo está extractado de Melé (2000); Cristianos en la Sociedad, Rialp; páginas 86 a 89.

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