Da Vinci y el Código Richelieu

Publicado en Revista Hacer Empresa


La saga novelesca de Alejandro Dumas “Los tres mosqueteros” es una de las más leídas de toda la historia. Ciento sesenta años atrás, los parisinos hacían cola mientras esperaban la publicación de los fascículos que narraban la peripecia de cuatro soldados consagrados a la protección de Luis XIII, rey de Francia. Si usted ha leído la novela o si ha visto alguna de las adaptaciones cinematográficas, recordará seguramente la trama principal. La llegada del joven e inexperto D`Artagnan a Paris, lleno de ilusión por seguir los pasos de su padre en el regimiento de Mosqueteros. Los múltiples enredos que lo llevan a enrolarse en una misión de vida o muerte defendiendo a la joven reina de Francia, Ana de Austria, quien ha tenido la desgracia de enamorarse nada menos que del duque de Buckingham, el hombre fuerte de la corona inglesa y aliado de los rebeldes hugonotes en la guerra civil que dividía a Francia. En uno de sus  momentos de intimidad, el duque le pide a la reina una prueba de amor y ésta no tiene mejor idea que entregarle un collar que le había obsequiado su esposo, el rey de Francia. Entra en ese momento en escena el malvado de la novela, el poderoso cardenal Richelieu, primer ministro de Francia, quien decide aprovechar la ocasión para dejar en evidencia a la reina. En medio de la trama se suceden duelos con los guardias del cardenal, desencuentros amorosos, idas y venidas, para finalmente desembocar en un final feliz en el cual D´Artagnan y sus valerosos compañeros logran evitar que la reina quede en off side, y de paso, frustrar los planes del cardenal. La reina salva su honor, Richelieu ve frustrados sus planes de dejar en evidencia la traición de la reina y el rey se mantiene feliz y contento sin saber que su amada esposa anda de amoríos con uno de sus principales enemigos, a la vez que sus mosqueteros, que han jurado protegerlo con la vida, han resuelto dedicarse a mantenerlo ignorante de su incómoda situación matrimonial.

¿Qué queda de todo esto? Si usted no es un estudioso de la historia francesa del siglo XVII, le habrá quedado una vaga idea de los problemas políticos de la época, muy vaga sin duda. Una imagen algo triste de Luis XIII – por aquello de que no se entera de nada, una cierta simpatía por la joven reina cuya única participación en la historia es serle infiel a su marido, cometer traición a Francia y demostrar una enorme falta de sentido común al elegir como candidato para conducta tan deshonrosa al jefe de los ejércitos ingleses. Los mosqueteros seguramente le parecerán unos héroes, pero como usted es una persona culta, no pensará que ellos existieron sino que son sólo parte de la ficción. Por último, el cardenal Richelieu se habrá ganado toda su indignación y si alguien le pregunta que sabe acerca del cardenal, quien usted sabe que es un personaje histórico, dirá que no demasiado pero que le parece que era un señor pérfido, ambicioso, traicionero y, según la película que haya visto, algo degenerado. En fin, que el cardenal Richelieu no le ha dejado una gran impresión.

Imagine por un momento que a usted le entra cierta curiosidad por saber más acerca de aquellos hechos. Con unos pocos viajes por Internet podrá saber que en realidad D`Artagnan realmente existió, que su padre no fue un heroico mosquetero sino un oscuro carnicero gascón. Del romance entre Ana de Austria y el duque de Buckingham, nada más que la imaginación de Dumas. Del collar, menos aún. De Luis XIII, que obviamente existió, descubrirá que no pasó a la historia por liderar el ranking de los reyes más populares ni más desenvueltos. Algo sí es cierto. Le entregó en 1624 el manejo de los asuntos del Estado a Armand-Jean du Plessis, más conocido como Richelieu y éste, como primer ministro, desplegó una intensa actividad haciéndose cargo de los asuntos del reino con claros objetivos entre ceja y ceja. En el frente interno, fortalecer el poder de la monarquía, debilitada por las luchas intestinas de los nobles que con sus ejércitos privados combatían al rey, aliándose incluso con soberanos extranjeros, manteniendo a Francia en un feudalismo que ya estaba pasando de moda. En política exterior, neutralizar la influencia de la casa de los Austrias, que gobernaba en España y en el Sacro Imperio Germánico.

A lo largo de su vida como primer ministro Richelieu cosechó éxitos y odios. La aristocracia francesa lo odió pues gracias a su esfuerzo logró consolidar la autonomía real y acabar con el poder de los nobles. Tampoco se hizo querer demasiado por muchos católicos franceses, que vieron como Richelieu no dudaba en aliarse con reinos protestantes para combatir a España y a los príncipes alemanes. Hoy Richelieu es considerado por los historiadores serios como una de las personalidades más destacadas de Francia. Se lo identifica entre los creadores del espíritu nacional galo y es uno de los principales precursores del estado moderno, caracterizado por una política central fuerte y una política exterior activa y agresiva. Pero el legado de Richelieu no quedó ahí. Durante su mandato dedicó mucho dinero a tareas de mecenazgo con artistas y oficializó la Academia Francesa, institución de enorme repercusión en la influencia cultural de Francia en el mundo entero. Claro está que todo esto no lo hizo con una jornada de ocho horas. Aunque su salud era frágil, llevaba adelante jornadas intensísimas, dedicándose por entero a escribir, legislar, dirigir ejércitos en forma personal y a involucrarse en la intrincada red de relaciones internacionales que más de una vez terminaba en guerras y conflictos.

Es cierto también que el famoso cardenal también destacó por otras acciones menos agradables a los paladares del siglo XXI. Para lograr sus objetivos creó una policía secreta, censuró la prensa y no se discute que persiguió de forma un tanto extrema a sus enemigos políticos. Para algunos, lo único que lo movía era su afán de poder. Para otros, su principal motivación era la grandeza de Francia. La realidad de sus motivos se las ha llevado el cardenal a la tumba, pero lo que ha quedado son sus obras, que no se pueden decir que hayan sido pocas y de escasa trascendencia.

¿A qué tiene todo esto? A que en ocasiones la novela histórica excede su objetivo, que no es otro que entretener con una trama basada en una época y unos personajes reales. En esos casos produce en algunos lectores, los más ignorantes sin duda pero lectores al fin, un “espejismo” de cultura. No siempre es grave, obviando que la ignorancia nunca es recomendable. Si usted creyó durante años que Richelieu era un pervertido mórbido y contumaz, lo lamento por la memoria del cardenal, pero los efectos de tal error quedan en eso. En cambio, cuando los personajes y los hechos sobre los que se fabula son tanto más cercanos como lo es Jesús para todos los cristianos, las consecuencias son bastante más deplorables. Ninguna cristiano bien informado va a dudar acerca de su Fe por una novela o una película que, como dice Veja en su edición del 17 de mayo del 2006: … tanto quanto O Senhor dos Anéis e Harry Potter, O Código Da Vinci é, sim, una fantasia … (pp. 126). Más existen muchas otras personas que suelen dar crédito a las fuentes más inverosímiles. Y son estas las personas que alegremente pueden llegar a creer que lo que ven en la pantalla grande es histórico y con un cierto porcentaje de verdad. Y este error ya no les es tan anodino como pudo serlo aquel acerca del cardenal.

El Código Da Vinci es una película más. Logrará un resultado mayor o menor en la taquilla, levantará más o menos discusiones, dará pie a polémicas en los medios y las reuniones familiares, pero al final pasará, como pasan todas las películas. Sin embargo, algo siempre queda. La literatura, el teatro y en nuestra época más que ningún otro medio el cine y la televisión, son generadores de cultura. No sabremos nunca cuantas personas con poca (in)formación permanecerán en la duda y el error gracias a la rentable ocurrencia de Dan Brown. Es por esto que más que indignarse con la trama del Código, algo normal para muchas personas que no aceptan que se burlen de su familia – y para los cristianos Jesús es parte fundamental de su familia-, lo importante es no dejar pasar la oportunidad de hablar acerca de ella, de sus falacias, de sus errores históricos. Sin dramatizar pero sin esquivar la responsabilidad. Que muchos piensen que Richelieu era lo que no era, vaya y pase, pero que uno solo se confunda y crea que lo que un escritor con buen olfato comercial dice acerca de las verdades de la Fe cristiana es cierto, es algo que vale la pena esforzarse por evitar.

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